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Una señora como tantas, atormentada en voz baja por los sacrificios de toda una vida, por las culpas, por lo que dijeran y debieron haber dicho sus padres, sus amigas, sus tías y su abuela, porque ella vivió para los otros, siempre para los otros.
Así le dijeron que tenía que ser, así le dijeron que era la vida de una mujer. Para los otros estudió en el colegio y en la universidad, y para los otros, por los otros, olvidó sus libros y sus poemas rosas, pues tenía que complacer. Ser la mujer perfecta —ese anhelo, ese deber— era servir, complacer, postrarse, postergarse, sacrificarse.
Aprendió a cocinar, a tejer, a vestirse, a caminar sin mover mucho los brazos, como se lo exigían, a sonreír y a maquillarse, a hablar un poco de política sin propasarse y sin ofrecer su opinión, a colaborar con lo que se ofreciera y a callar sus más profundos odios y sus más candentes deseos, para que los otros la aceptaran. Para que dijeran “es una mujer virtuosa”, “sobre todo las mujeres”, como recitaba Sandro. Ellas, heridas por la envidia hacia aquellas que se atrevían a vivir y eran consecuentes consigo mismas, eran las que decidirían si Lucía era o no virtuosa.
Una mujer como tantas, heredera de los sacrificios de miles de millones de mujeres desde hace cinco mil años, y la encarnación, también, de la inacabada y a veces inconsciente venganza de todas y cada una de ellas. Una mujer como tantas, signada por el padre, por el novio, el marido, los hijos y el eventual amante que eligió para no matar y matarse; por textos y películas y canciones y biblias masculinos; por voces y gritos y órdenes en el mismo tono, y por mujeres que refrendaron y multiplicaron ese tono, en ocasiones, con plásticas y reverenciales venias.
Una señora como pocas, que a los cincuenta comenzó a sentirse libre, después de que sus hijos se independizaron y su marido la abandonó. Que empezó a vivir para ella, a trabajar en sus proyectos, a salir a la calle y tomarse un vino, a ignorar a quienes le decían que callara o sonriera o se vistiera o se desnudara. Una señora como casi ninguna que escogió su destino, y que una tarde pagó en el periódico un aviso clasificado que decía: Busco una amante.