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Tantas cosas cupieron en una sola noche, que nunca pude recordarlas, y menos, saber si lo que recordé fue real o imaginado, o si lo imaginado fue verídico.
Sólo estaba ella, tú, pero ella nunca quiso volver a hablar de lo que ocurrió, o no pudo. Ni fotos ni grabaciones ni textos. Sólo la memoria, mi memoria, para tratar de anclar una mirada, su mirada. Sólo mi memoria para creer que conversamos en algún instante de la revolución de las cosas pequeñas, del convencer a uno de un cambio para que ese uno convenciera a otro y así irnos multiplicando. Del rebelarnos, también de a uno, ante los atropellos y las humillaciones y actuar a no actuar, que era la mejor forma de manifestarnos. Apagar el televisor para protestar por tanta novela y tanto cliché y tanta compra y venta y tanta competencia, y convencer al vecino. Irse de un estadio para protestar por tanta mafia en el juego, y llevar de la mano al otro. No hablar más con aquel que nos pisoteó, y sumar a su alrededor a muchos más que fueran silencio, y aislarlo con el silencio. Pequeñas protestas, pequeñas manifestaciones: las únicas a nuestro alcance. De eso hablamos, creo.
Miramos a lo lejos e imaginamos que todos los televisores se apagaban, y que una multitud de 60 mil personas se iba del estadio antes de que comenzara un gran partido, y que el prepotente todopoderoso que se creía más y nos pisoteaba y nos trataba como fichas porque manejaba una chequera acababa aislado en su oficina, sin súbditos para mandar. Ella dijo que todos los grandes caminos se iniciaban con un paso, con un primer paso. Incluso caminó, creo. Dio uno, dos, tres pasos, y los contó, pero nunca volvió a hablar de eso, o no pudo. Y esos tres pasos fueron el comienzo de su largo camino, supongo.
Esa noche fue una noche de silencios y palabras; incluso, de canciones, como una de Silvio Rodríguez que los dos llevábamos en la mente, “A caballo comienza el delirio de esta carrera…”. Fue una noche de roces, de esos roces que casi siempre tienen una intención detrás, como decía Javier Marías. De sonrisas y miradas que trascendían, de temores y recuerdos, de justificaciones que ninguno de los dos creyó. Ella me rozó, me rozaste, y se marchó. No sé si huyó, y tampoco soy quién para juzgarla. A fin de cuentas, aquel que se decepciona de otro debería decepcionarse de sí mismo por haber caído en la trampa de las ilusiones. Somos nosotros quienes nos inventamos al otro, y somos nosotros los que descubrimos que el otro no era como queríamos. Somos ilusión, sí, y luego decepción, y descaro por petender culpar al otro por ser quien siempre fue, y maldad por exigirle que esté a la altura de nuestro anhelo, y supremo egoísmo por quererlo a nuestra imagen y semejanza.
Esa noche se acabó con su ausencia. De repente se convirtió en madrugada y en tarde y en otra noche y en mil días en los que se reprodujo aquella noche, con sus infinitos interrogantes y la incertidumbre de su destino.