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Ha sido una infinita y profunda borrachera. Una borrachera que se inició cuando de niños nos embriagaron con cielos e infiernos, con obligaciones, la escuela, las tareas, los mandamientos, la ley.
Por aquel entonces no había alcohol, pero el adoctrinamiento surtía el mismo efecto. Obedecer y cumplir para no pensar. Obedecer y cumplir para no dudar. El alcohol apareció después, a los 14 o 15, y nos embistió para ayudarnos a olvidar aquella pesadilla infantil del bien y el mal, del todo está prohibido. Al día siguiente, con el guayabo vivo y las culpas por los pecados que habríamos podido cometer, nos sumergíamos en otra borrachera, la de los comienzos del amor. Amor para vivir, que era amor para depender, que era amor para sacrificarse, que era un amor muy distinto que el iluso e ideal que nos habían prometido, el del cine y las canciones.
En medio de aquella borrachera de amores y desamores, de paranoias y temores por lo que vendría, que era la vida en serio, ni más ni menos, llegaron otros tragos, más fuertes, más embriagadores, con sus consecuentes guayabos. Teníamos que empezar a vivir por cuenta propia, sobrevivir; e intentarlo, sólo intentarlo, porque jamás lo íbamos a lograr, era una borrachera más. Por estudiar, conseguir trabajo, casa, plata para la comida, para el estudio de los hijos, para algún posgrado, no tuvimos tiempo de parar la pelota y pensar. Todo era y fue frenético: pagar las cuentas, trabajar, llegar a casa, amar, odiar. Y todo era y fue una borrachera, y surgieron otras, y nos aferramos a ellas para llenar nuestros vacíos, para no confrontarnos con la realidad.
El fútbol, por ejemplo, que nos emborrachó de dios, patria, amor. Nos bombardeó con su licor, pues nos alejaba de las dudas, de la crítica, pero sobre todo, nos metía de cuerpo y alma en el espíritu del consumismo y en la defensa de la identidad nacional, una parte esencial del consumismo.
Delirantes, nos sumergimos a comprar lo que el producto fútbol nos vendía. Camisetas, vinchas, televisores, boletas, pasajes, hoteles, zapatos, canchas, banderas. El equipo de todos, que en realidad era, fue y será el equipo de unas directivos que jamás rindieron cuentas de nada, fue nuestra más reciente borrachera. Y por él amenazamos, matamos, nos vengamos y nos engañamos. Ebrios de triunfalismo, disparamos nuestras balas contra otros directivos que tampoco rinden cuentas de nada, pues ellos nos “robaron” un partido de fútbol. Peleamos, insultamos, lloramos, pero seguimos borrachos de fútbol sin recordar que es un juego, y sin pensar que todos tenemos la opción de apagar el televisor o de irnos de un estadio y no regresar nunca más.