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Y, por favor, miénteme

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Aunque sean tonterías, escríbeme, escríbeme, ojalá a mano, en tinta azul y en el papel más viejo que encuentres en el hospital.

Escríbeme, como el otro día, que no me tome tan en serio a mí mismo, y explícame de nuevo aquello de que patético no es ridículo pues viene de pathos, de pathos pasión, de pasión padecer. Explícamelo de nuevo con tu letra de antes de la guerra y con tus palabras, no con las de los psiquiatras que te atienden, y cuéntame una vez más cómo fue aquella tarde en la que llegaste a la sublime conclusión de que si te tomabas en serio, tan en serio, si nos tomábamos así, íbamos a tener que matarnos todos de aguda gravedad.

Dime que lo que escribiste entonces aún es cierto, que has preferido contemplar, como los griegos, a invertir; que el futuro ya no te persigue; que los perros y los gatos y los caballos deberían tener tantos derechos sobre el mundo como nosotros los humanos, como tú o como yo; que el mejor amor puede durar sólo 20 días y luego ser un perfecto y cada vez más perfecto recuerdo; que la culpa, las culpas, ya no son puñaladas que te desangran gota a gota, pues tú no puedes ser culpable de ser tan humana, perversa, frágil, bondadosa, arrogante, vanidosa y humilde a la vez.

Envíame una carta, una de esas cartas de sellos y buzón, si es que te dejan salir un rato, porque quiero sentir la ansiedad de aguardar a que llegue el cartero y deje el sobre bajo la puerta de mi casa, como ocurría antes. Quiero que la ansiedad y la espera me lleven al mito, a imaginarte cada una de las horas de los días que te faltan por salir, y no verte ya como eres, sino como te recuerdo, o como prefiero recordarte. Agrégale un dibujo, si quieres, un dibujo de lo que ves por tu ventana para que yo pueda ver lo mismo, para que por unos minutos me sienta en algo como te sientes tú, y ser tú.

Miénteme, que las mentiras a veces son un bálsamo, y a estas alturas, yo las prefiero a esta eterna culpa que me corroe. Miénteme, por favor, y dime que ya olvidaste, que ya no sabes quién llamó al sanatorio aquella noche de lluvia y que tampoco entiendes de dónde salieron las cicatrices que rodean tu muñeca.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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