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Hay que atreverse a ser poeta, más allá de que digan que lo eres o no, y más allá, mucho más allá de las risitas socarronas y la mirada lastimera de quienes sólo creen en los números, y hablan de la vida y sentencian que la vida es otra cosa más seria, como si la vida solo fueran números, y los poemas y los interrogantes que caben en los poemas y la música de un verso solo fueran asuntos menores de “idealistas”. Hay que atreverse a vivir como poeta, con un mismo par de zapatos cada año y dos pantalones, dos camisas arrugadas y las medias mil veces zurcidas, con muchos libros subrayados, amarillentos, algunos hasta cuarteados, casi todos regados por los estante de una habitación de alquiler, por la cama destendida y la mesita de noche, que es mesita y es escritorio e incluso es comedor de vez en cuando.
Hay que ser tan fuerte, tan convencido o tan loco como para escribir versos y no versos día y noche, noche y día, y hacerlo sin proclamarse poeta, a sabiendas de que lo importante, lo que te hace vivir en plenitud es estar siendo poeta, no serlo, porque serlo, en realidad, o decirlo, es creer que se ha llegado a un destino, que la meta es el fin, que no hay nada más allá, y ponerle etiquetas a algo que no es ni profesión ni oficio, y que no está avalado ni por una colección de diplomas ni por millones de sellos o premios. Hay que ser capaz de desafiar con unas cuantas palabras y nada más al mundo con sus códigos, sus leyes y prohibiciones, sus manifiestos y sus ismos, sus políticos, e incluso a los poetas que escriben para ellos, con la conciencia de que esas palabras no van a cambiar a nadie, pero algún día pueden llegar a alguien.
Hay que ser atrevido, y a veces impertinente y algo desquiciado y un poco temerario para sacarle un poco de humor a eso de ser poeta, y responder como le respondió Darío Jaramillo a un amigo cuando le dijo que había comprado su libro: “Ah, fuiste tú”. Hay que buscar y tal vez no encontrar. Hay que mentir y mentirse. Hay que morir un poco en cada verso y resucitar en cada corrección y en cada tachón, y hay que llorar, muy a solas y a escondidas, y cantar algo como “que nadie sepa mi sufrir”, y hacer de la pena una estrofa y de esa estrofa una indulgencia. Y hay que seguir siendo poetas, y luchar para que haya más poetas, porque cuando los poetas se juntan hablan de poesía. No matan. No roban. Y si matan o roban, lo hacen en sus poemas, con sus versos, que es la manera más dolorosa de matar.