A mano alzada

21N: Fuenteovejuna, señor

Fernando Barbosa
29 de noviembre de 2019 – 12:00 a. m.

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Nada como volver a los clásicos para retomar los hilos de la realidad rotos o debilitados. Las elecciones regionales del 27 de octubre y el paro del 21N me han recordado tres episodios del pasado. El primero, las jornadas de mayo de 1957; el segundo, las elecciones japonesas del 18 de julio de 1993, y el tercero, la estrategia del gobierno del PLD japonés luego de su creación en 1955.

En mayo de 1957, cuando me preparaba para hacer la primera comunión, la política era el tema obligado de las conversaciones familiares. Creo no equivocarme al decir que en ese momento no hubo almuerzo o comida en casa en que no se tocaran los problemas del país o se comentaran los chistes contra Rojas Pinilla (apodado Gurropín) o las obras de Campitos, llenas de sátiras contra el régimen, que se presentaban en el Teatro de la Comedia.

Por entonces, estudiaba con los franciscanos y nuestro rector, fray Severo Velásquez, se había convertido en uno de los más recios opositores a Rojas. Como consecuencia, el colegio y su alumnado fueron blanco de ataques con gases lacrimógenos. Pero lo que colmó nuestra desesperanza —por lo menos la mía— fue el asesinato de nuestro compañero Tamayo. Esto último me llevó a marchar en contra del Gobierno —motu proprio— y a soportar más gases, la embestida de la caballería, la furia de la PM y el agua a presión de las tanquetas. De esas movilizaciones que dieron al traste con el régimen debe destacarse que tuvieron una meta clara, la de derrocar a Rojas, y una dirigencia visible y comprometida encabezada por Laureano y por Lleras Camargo.

En Japón, en 1955, se fusionaron los partidos Liberal y Democrático para crear el Partido Liberal Democrático (PLD), que es el partido conservador con la más larga trayectoria en el poder. Solo mencionaré una estrategia que le permitió consolidarse. En una acción inteligente y audaz, el PLD desarmó a la oposición quitándole sus banderas sociales: mejores salarios, salud y educación, más equidad y más cercanía con los sindicatos. Y esto significó un debilitamiento de la izquierda que tuvo que reducirse a pedir la devolución de Okinawa y a presionar por la terminación del Tratado de Seguridad con Estados Unidos.

Años continuos de buenos resultados pero también de acumulación de errores y de escándalos llevaron a la caída del PLD en 1993, cuando fue sucedido por el Partido Socialista, el cual, al capitalizar la desconfianza de los electores en el PLD, triunfó en las urnas sin haber ofrecido un programa concreto de gobierno.

Hoy, frente al 21N, lo evidente es que existe un clamor por el cambio. Y así no haya una estructura con la cual se pueda dialogar, los mensajes son contundentes. Mientras el fantasma del plebiscito siga rondando como aquel otro fantasma de 1848, será muy difícil avanzar. ¿Por qué el Gobierno no adopta banderas concretas y precisas de la oposición que pueden salvar al país, como el cumplimiento del Acuerdo de Paz? Y si queda duda sobre lo vago o ambiguo de las aspiraciones de esta sociedad, bastaría con releer a Lope: “¿Quién mató al comendador?: Fuenteovejuna, señor”.

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