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Frente a la obra de Doris Salcedo recién inaugurada en La Candelaria, fue imposible acallar el resonar de la antipoesía de Nicanor Parra de hace 70 años o las Antimemorias de Malraux de hace medio siglo. Un primer golpe nos conduce a la antiestética y a la anticelebración. No se persigue el lucimiento, el resplandor. Y se destaca que lo importante no es lo que se diga sino, justamente, lo inefable.
El proceso que se inició con la entrega de las armas, con la fundición, con la laminación, y que terminó con la impronta del dolor de las víctimas marcada a punta de martillo, culmina uniendo la sombra con la luz, la desesperanza con la ilusión, pero de manera frágil. No solo los fragmentos se convierten en la expresión más determinante, sino que cada fragmento sigue siendo una trama de retazos. Todo esto, no obstante, es lo que le da el aire al antimonumento.
En este punto el yûgen y el aware japoneses pueden servir de apoyo. El primero es un concepto estético que representa la belleza misteriosa, la que va más allá de las palabras y cuya transmisión es una de las capacidades importantes que tiene que desarrollar el actor de teatro Nô: desatar todos los colores del silencio y despertar todos los matices del movimiento. El segundo, el aware, está ligado de manera melancólica a lo efímero de la existencia. Si unimos los dos, tendremos la confluencia de aquello que se nos escapa en el ámbito de la palabra y lo que constriñe el límite de nuestra propia realidad.
Sobre el piso de Fragmentos podríamos reescribir a Parra: “Capitalistas y socialistas / del mundo, uníos / antes de que sea demasiado tarde”. Y aún más podríamos agregar: “Contra la poesía de café / La poesía de salón / La poesía de la plaza pública / La poesía de protesta social. / Los poetas bajaron del Olimpo”. Sí, bajaron para ser el piso que soportará el futuro.
En medio de esta aparición, se nos ha presentado un hecho sensible: la muerte del presidente Belisario Betancur, que se integra como parte fundamental de este antimonumento. Si lo que no se nombra es lo que tiene sentido y si la fugacidad es el destino común de todos, el telón de fondo de lo que vendrá no puede ser algo distinto de lo que no alcanzamos a ver o de lo que no quiere mostrarse. Porque la única manera de distinguir entre la realidad y la apariencia es borrar el telón de fondo para permitir que el primer plano surja sin distorsiones. La lejanía de Belisario, que tuvo de todo menos falta de compromiso o de interés, podrá ser evocada como las láminas fundidas que a ras del suelo iremos recorriendo para construir la paz que madurará cuando el fondo despeje el escenario.
Malraux, al comenzar sus Antimemorias, relata su huida con el futuro capellán de Vercors, en 1940, y recuerda las palabras de éste último: “De entrada la gente es mucho más desdichada de lo que uno cree y además… en el fondo, es que no hay gente madura”. Revivir los pasos de Belisario nos confirma desoladoramente que nadie parece dispuesto a cambiar.