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Rompecabezas: una apuesta fresca

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Después de este desbarajuste, la tarea que le aguarda al mundo —y por supuesto a nosotros— es rearmar el rompecabezas. Se sabe que los retos son inmensos porque muchas de las piezas o se perdieron o se destiñeron. En este 2020 se cumplen 75 años del fin de la Segunda Guerra Mundial y la catástrofe de las dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. El Japón que sobrevivió estaba devastado: además del flagelo humanitario provocado por las explosiones nucleares, de los bombardeos de la aviación de Estados Unidos que arrasaron el territorio y de la humillación de la derrota, tuvieron que aceptar el desmonte de las fábricas que quedaron en pie para entregarlas como compensación de guerra a los países afectados.

Qué paso dar y cómo darlo era el reto del gobierno y la burocracia que participó en la búsqueda de soluciones. El Dr. Saburo Okita, una de las mentes más brillantes que he conocido, me comentó, durante una reunión del Club de Roma celebrada en Tokio, que lo afortunado fue no haber seguido los dictámenes de los técnicos extranjeros, sino haber atendido la guía de sus visionarios. Los primeros recomendaban fundamentar la recuperación económica de Japón en sectores intensivos en mano de obra, que era el recurso del que más se disponía. Los segundos entendieron que, frente a nuevos actores como América Latina, no podrían competir. Fue por ello que se concentraron en industrias intensivas en capital que cimentaron el renacer y el éxito durante la posguerra.

La catástrofe de la guerra le permitió a Japón ser audaz. Si hubiera seguido la ortodoxia, seguramente no se habría recuperado. Por supuesto, se presentaron circunstancias que abonaron el terreno. Si no hubiera avanzado el comunismo en Asia es posible que se hubiera consumado el objetivo original de las fuerzas aliadas, que fue el de impedir que los japoneses volvieran a levantar cabeza. Hoy, cuando en la coyuntura que atravesamos miramos atrás, a sabiendas de que no se trata de buscar el conejo que sale del sombrero de un mago, nos encontramos con dos elementos definidores en el ejemplo japonés: el gran liderazgo del primer ministro Shigeru Yoshida —similar al de Konrad Adenauer en Alemania—, y un equipo de burócratas muy calificados que se formaron durante la guerra; los mismos que ya en 1941 habían pronosticado la derrota. Okita, que era parte de ese equipo, había afirmado que, superada la contienda, el futuro de Japón lo decidirían la espada de bambú y la ingeniería.

Hojeando los estudios que han hecho los gobiernos, la academia, los intelectuales, los consultores locales y externos, es indudable que tenemos el conocimiento para proponer un nuevo rumbo. No hay que ser demasiado suspicaz como para no entender qué buscaban las marchas y protestas del 21N, ni la urgencia de cambio provocada por las alarmas constantes sobre las averías del modelo económico.

La experiencia japonesa puede nutrir nuestra esperanza de construir un mejor país. La determinación política con que actuaron le dio la vuelta al conocimiento acumulado, lo aireó y le abrió paso a la imaginación. Creó un nuevo modelo de capitalismo, el capitalismo humano, en el que el capital se puso al servicio del hombre y no al revés. Era posible y lo hicieron posible.

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