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Vivimos en un mundo globalizado que cada vez se polariza más. El ánimo de hacer daño para evitar el progreso parece ser la regla de moda. Sin embargo, la utopía de que todos podemos entendernos aún sobrevive bajo una capa gruesa de nostalgia que produce el recuerdo de las antiguas rutas de la seda.
Durante 16 siglos, comenzando en el primero antes de nuestra era, comerciantes y viajeros hicieron posible el intercambio entre Oriente y Occidente de mercancías y creencias, artes y saberes. Como lo dice en un artículo de 2005 la profesora Marie Thorsten, de la Universidad Doshisha, de Japón: “La Ruta de la Seda se ha convertido en la nostalgia de moda de la globalización, que expresa el ‘anhelo’ por un ‘hogar’ cosmopolita. El anhelo no es solo por un lugar territorial, por una ruta que conecte Este y Oeste, sino también por el tiempo percibido cuando un vasto flujo global de ideas y cosas permitió la aventura, el romance y el conocimiento”.
Lo que está ocurriendo en todas partes nos muestra la vulnerabilidad que nos pone en riesgo y que nos está ganando terreno: Trump, brexit, Polonia, Hungría, el neonazismo, los extremismos de izquierda y derecha, el modelo neoliberal, la pobreza, las guerras comerciales… Y, entre nosotros, una radicalización que hará imposible que medio país se comunique con el otro medio. No hemos sido capaces de afrontar el futuro con determinación y en cambio nos hacemos cada vez más prisioneros del pasado. Y sobrevive la creencia de que eliminando al contendor se entierran las ideas, cuando nuestra reciente historia nos ha demostrado lo contrario. Es como estar a la entrada del desierto chino de Taklamakán, aquel territorio que con sus enormes y cambiantes dunas fue quizás el mayor peligro que desafiaron los transeúntes de aquellas viejas rutas. El solo significado de su nombre debería alertarnos: “Entra y nunca saldrás”.
Al observar el fraccionamiento de los colombianos, me viene a la memoria la independencia de Indonesia después de la Segunda Guerra Mundial que nos genera una reflexión. Un territorio muy diverso —17.508 islas, una población enorme, con más de trescientas etnias, múltiples religiones y 743 dialectos— representaba retos mayúsculos para la creación de una nación. Ello fue posible con la adopción de la filosofía de la Pancasila; es decir, los cinco principios aceptados por todos: creencia en un Dios, nacionalismo, humanidad, soberanía popular y justicia social. Si bien es cierto que el recorrido no ha sido fácil, fue esta ideología la que les permitió avanzar y alcanzar la prosperidad que hoy disfrutan.
Mientras China envía un mensaje de esperanza con las nuevas rutas de la seda, Estados Unidos se encierra en sí mismo. Y mientras la mitad de los colombianos queremos dar un paso adelante, la otra mitad insiste en darlo hacia atrás. Es evidente que necesitamos un gran pacto, pero recordemos lo que nos costaron las exclusiones dentro del Frente Nacional. Si somos incapaces de encontrar un camino que nos favorezca a todos, que nos congregue en vez de dividirnos más, habremos traspasado el umbral de Taklamakán.