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El talante presidencial

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UN ELEMENTO QUE QUEDÓ PARA LA historia de las campañas políticas fue el temperamento que mostró Barack Obama desde el lanzamiento de su candidatura y en particular durante la crisis financiera, pocas semanas antes de las elecciones.

Su serenidad, ecuanimidad y cabeza fría contrastaron con la emotividad, apasionamiento y cabeza caliente de McCain. Su fama tranquila de Mr. Cool y de “No Drama-Obama”, ojalá marcara una línea de comportamiento ajena al descontrol, la impetuosidad y la explosión volcánica que a menudo aparecen en las reacciones de los hombres de Estado frente a las crisis. Porque la reflexión atribuida a Napoleón según la cual “el corazón de un estadista debe estar en su cabeza” no es hoy de común ocurrencia a la hora de tomar decisiones cruciales en momentos críticos de la vida de los pueblos.

Dentro de esa misma línea, las señales que ha enviado el presidente electo al conformar su equipo de gobierno, salvo alguna excepción, son muy similares a la conducta de Lincoln cuando llamó a sus mayores adversarios a ser parte de su gobierno y constituir un “equipo de rivales” que llevó a que los historiadores hayan calificado esa presidencia como la mas importante de la historia de Estados Unidos. Que las encuestas hoy ratifiquen una confianza en Obama que llega al 82% de los ciudadanos en un momento de tanta incertidumbre, es signo de aprobación de la llamada a sobreponerse a los intereses partidistas y de grupo.

En un reciente libro de Alvin Felzenberg sobre la evaluación de los presidentes de EE.UU., se demuestra que se necesita una gran seguridad y confianza en sí mismo para convocar a los mejores —aun con capacidad intelectual y experiencia superior a la del propio líder, así vengan de otras orillas políticas—, con el único propósito de enfrentar las coyunturas más difíciles como las que se viven hoy a nivel global. El camino alternativo consiste en rodearse no de avezados consejeros con luz propia, sino de áulicos implementadores o de acólitos incapaces de expresar una opinión distinta a aquella del líder máximo. Los resultados de esto último implican un costo muy alto para la institucionalidad, que termina instrumentalizada por la voluntad única del Jefe.

El temperamento presidencial marca no sólo un estilo de gobierno, sino que deja huella indeleble en las instituciones políticas. Está sin duda asociado al carácter del gobernante de turno, que a veces se trata de confundir con la capacidad de burlar la ley, aplastar a sus detractores, humillar y sembrar el pánico en su propio equipo. Del presidente Eisenhower se solía decir que si estaba vestido con un traje marrón, había que procurar desaparecer al encontrárselo. El preferir “ser más temido que amado” ha sido pauta de conducta de más de un dictador tropical con ínfulas de discípulo de Maquiavelo. Allí, los frenos y contrapesos del Estado de Derecho son las primeras víctimas, pues ya sugería Nixon antes de Watergate que lo que un presidente ordene hacer, no puede ser ilegal.

Uno de los grandes vacíos de la historia política colombiana ha sido la ausencia de análisis respecto de la impronta que en este campo han dejado quienes han ocupado el solio de Bolívar. La psicología política criolla en materia de carácter presidencial no ha pasado del registro casi anecdótico del reloj del presidente Lleras Restrepo cuando mandó a acostar a los colombianos en las elecciones de abril de 1970 o de la legendaria frase de “más vale un Presidente muerto que un Presidente fugitivo”, atribuida al presidente Ospina el 9 de abril del 48. Muy modestas han sido las contribuciones locales a la hora del análisis histórico de los períodos presidenciales y del rol que ha jugado el talante presidencial.

Y casi imposible resultaría hoy imaginarse que en las circunstancias actuales de crispación política, un gobierno fuera capaz de olvidarse de los odios grupistas y partidistas, concertara una agenda de Estado y llamara a sus adversarios a armar un equipo con los más capacitados para enfrentar las complejidades del momento. La lógica indicaría que eso habría que intentarlo en Colombia para ponerles la cara a las inmensas dificultades que requieren el concurso de muchos. Pero la política es con frecuencia alérgica a la lógica y esa especie de equipo de ensueño —dream team— para gobernar un país con los mejores al margen del color de la camiseta, no pasa de ser un sueño de una ingenuidad invencible que choca con la arrogancia de quienes creen que uno solo es capaz de tener todas las respuestas.

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