Publicidad

La política del insulto

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

RECORDABA FERNANDO SAVATER hace unos días que una de las órdenes perentorias que dejó impartidas Franco era que hicieran como él, vale decir, que no se metieran en política.

Aparte de la ironía y el cinismo de tal declaración, era claro el mensaje: la política no es necesaria, pues se trata sólo de sumarse al coro de súbditos para que las decisiones se tomen por unos pocos, quienes deben hacerla. Los demás sólo hacen política para oponerse al régimen y tratar de reemplazarlo. Desde este lado de la visión de la política, su contenido es intrascendente porque se impone unilateralmente ya que el debate, la deliberación y el consenso estorban.

En el otro extremo se encuentran quienes hacen de la lucha política el espacio adecuado para la crispación, la polarización, la virulencia y el insulto. La vehemencia se convierte en violencia verbal y la contundencia se transforma en una estrategia de destrucción del contrario. Hacer política es agredir, descalificar, injuriar y quitarle cualquier asomo de autoridad al enemigo de turno. El consenso es inútil porque implica cierto descafeinamiento político de la mano de la tibieza que impide neutralizar al contrincante. En esta otra cara de la moneda de la política, el contenido también queda reducido a nada, porque como ha dicho Schopenhauer: “Quien insulta pone de manifiesto que no tiene nada sustancial que oponerle al otro; ya que de lo contrario lo invocaría como premisas y dejaría que el auditorio extrajera su propia conclusión; en lugar de ello, proporciona la conclusión y queda debiendo las premisas”.

Un elemento esencial de la crisis que vive hoy el ejercicio de la política tiene que ver sin duda con la forma de hacerla. De una parte, porque unos políticos —en la versión franquista— quieren monopolizar el ejercicio de la política y excluir del mismo a los ciudadanos, quienes aparecen hoy como usurpadores de funciones antes reservadas a los profesionales de ese oficio. En la otra esquina del cuadrilátero se encuentran quienes creen que las campañas electorales deben ser permanentes y que la crispación y la política a codazos tienen la virtud de atraer al elector moderado que se encuentra en el centro del espectro de opinión. Existe allí un componente de exhibicionismo político que produce dividendos en el corto plazo, pero cuya cuenta de cobro la paga la cultura democrática en el mediano y largo plazos.

Así como lo ha demostrado José María Maravall en su última publicación dedicada a la confrontación política, la movilización de los electores requiere demonizar al adversario. No se trata sólo de los casos de Clinton, Gore y Kerry en  E.U., del Partido Popular frente a González o de Rajoy frente a Zapatero en España, sino de la actual campaña electoral americana con los galones de agua sucia que ya empiezan a vertirse sobre unos y otros a ver quién golpea con más fuerza. Porque como lo afirmaba Clinton al final de su mandato, los ciudadanos muchas veces prefieren tener a alguien equivocado y fuerte, más que a alguien que tiene razón pero que es débil.

Para nuestro caso local, por culpa precisamente de la violencia en todas sus formas, hemos seguido anclados en una agenda del pasado, tratando de construir un presente que no logra volcar el país hacia el futuro global. La estrategia de la confrontación personal nada ayuda a este propósito, porque poco tiene que ver con las políticas o los programas de los partidos, en la medida que la controversia se da sobre temas transversales como la honestidad y la capacidad de liderazgo del político o su compromiso en la lucha contra el terrorismo y la corrupción. Los temas sustanciales serán siempre ajenos al escándalo y quienes lo propicien muchas veces terminan más adelante siendo arrasados por el mismo.

Los escenarios electorales de Colombia de los próximos meses ojalá no terminen convertidos en un campo de batalla donde el primer objetivo vaya a ser tratar de destruir la reputación del adversario político, que pasa a convertirse en un enemigo a muerte. Bastante hemos sufrido los desmanes verbales de algunos vecinos como para comenzar a emularlos. Porque eso en nuestro país puede llegar a tener unas derivaciones que han sido propias del espiral de la violencia y bien las conocemos. De allí la importancia de “repolitizar” los temas de la agenda del futuro de Colombia mas allá de la institucionalización del golpe bajo o del principio de que “todo vale” para obtener o conservar el poder. Esa es una responsabilidad enorme del Gobierno y de los partidos si de verdad se va a respetar el fair play del ejercicio democrático.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido