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EN ÉPOCAS DE OBAMANÍA, UNA ALternativa para salir de la dinámica política paralizada por la reelección, sería que los hombres diéramos un paso al costado y se abriera el camino a una solución electoral femenina para 2010.
Si en muchos países hoy se trata de descubrir o identificar el “Obama local”, en Colombia esa respuesta tiene cara de mujer. A diferencia de otros con claro déficit en materia de liderazgo femenino, aquí tenemos una galería de dirigentes que envidiaría cualquiera de nuestros vecinos.
Las tentativas de deponer intereses partidistas, dialogar con los adversarios, concertar agendas de Estado con los mejores y demostrar la superioridad de la democracia sobre la violencia, no han sido el mayor activo de los hombres en la política. Qué mejor que imaginar una contienda presidencial amplia con el liderazgo de Noemí Sanín llevando las banderas del uribismo con el apoyo conservador, Cecilia López por el Partido Liberal, M. Emma Mejía por el Polo, Marta Lucía Ramírez por la U y Piedad Córdoba por una izquierda democrática que termine deslegitimando aún más la lucha guerrillera. Porque al margen de las preferencias ideológicas de cada uno, nadie puede negar la relevancia del rol que cada una de ellas podría jugar en el futuro del país.
El gobierno de una mujer podría aún prescindir de los hombres para los altos cargos del Estado. Colombia tiene ese privilegio y vale mencionar sólo unos nombres dentro de todo el colorido ideológico, previas excusas por las múltiples omisiones. Economistas de la talla de Mónica Aparicio, Catalina Crane, Consuelo Corredor, Patricia Correa y Patricia Cárdenas, conformarían un gabinete económico sin precedentes; una política exterior global en manos de Íngrid Betancourt, Socorro Ramírez o Clemencia Forero; una Procuradora del perfil de Gina Parody o Vivian Neuman; una Fiscal como Claudia López o Natalia Springer; una Defensora del Pueblo como Patricia Lara, Ana Teresa Bernal o Beatriz Linares; una Contralora como Clara M. González. Embajadoras para la globalidad como Elisabeth Ungar, María Claudia Gómez, Ana Milena Muñoz y Myriam Méndez.
Un gabinete social con figuras como Bárbara Escobar, Laura Gaviria, Nancy Patricia Gutiérrez y Gloria Cuartas. La cultura del país en manos de Marianne Ponsford y Martha Senn. Filántropas del tamaño de María Eugenia Garcés, Perla Douer y Catalina Escobar; Nubia Muñoz en Colciencias y la primera Generala Luz M. Bustos al frente de lo suyo. Magistradas como Paca Zuleta, Ximena Lombana, Catalina Botero, Ximena Tapias o Vivianne Morales. Para no hablar del lujo que sería vincular a un gobierno de mujeres a quienes encarnando el poder de la pluma podrían asumir responsabilidades públicas: M. Elvira Samper, M. Jimena Duzán, M. Isabel Rueda y Cecilia Orozco. Más la generación siguiente de periodistas que empuja con fuerza, como Juanita León, la Tata Uribe, M. Elvira Arango, Clara E. Ospina y las Claudias Gurisatti y Hoyos. Por último, habría que pedirles a sus maridos que no entorpezcan el camino de Soraya Montoya, Claudia de Francisco y Adriana Córdoba, esta última además por lo mockusiano que tiene esta propuesta.
La intuición y la sensibilidad acompañadas por la persuasión y el pragmatismo dirigido a resultados, son características probadas del liderazgo femenino. La historia ha demostrado el gran protagonismo de la mujer no sólo al manejar imperios en el Renacimiento sino en los movimientos sociales de los últimos siglos. Hoy en los países en desarrollo las mujeres jefas de familia son las verdaderas agentes del cambio en los programas exitosos de lucha contra la pobreza. Gandhi sugería que su tipo de liderazgo de la no-violencia basado en la persuasión moral, era esencialmente femenino y tal vez por ello fracasan aquellas que han querido luchar o comportarse como hombres.
Todo esto quizá se debe a vislumbrar el futuro de mis hijas de cuatro y dos años, dentro de la preocupación paterna por la persistencia de la desigualdad y de la discriminación que impiden a las mujeres gozar de las mismas oportunidades que los hombres; en temas como las remuneraciones, la conciliación de la vida familiar y laboral, y la presencia aún muy pobre en los altos puestos directivos públicos y privados. Por todo ello, tal vez ha llegado el momento de ese gran relevo político porque, por una parte, las ministras de este Gobierno han demostrado no ser inferiores a esa responsabilidad; y, por otra, porque el único consejo que de verdad pesa sobre el Presidente, viene de quien se dice es lo mejor que tiene: su mujer.