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LOS PROBLEMAS EMERGENTES DEL siglo XXI no pueden ser combatidos con las herramientas del siglo pasado.
Entramos a una época propicia para repensar muchos asuntos. La crisis global desestabiliza las sociedades y de ella nadie se escapa. El fin de una era es anticipado por los historiadores. La economía, el derecho y la política están acosados por realidades globales ajenas a las nociones tradicionales de soberanía y poder local. Es un momento oportuno para demostrar que el “poder de las ideas” es capaz de transformar las “ideas del poder”.
En el plano ideológico es el mundo al revés, porque los conservadores de la línea Thatcher-Reagan, reciclados en los neocons de Bush, han apostatado de su credo económico y aceptan nacionalizaciones, reivindican lo público e imploran la intervención del Estado. Son los mismos que generaciones atrás acusaron a Roosevelt de “sovietizar” el Estado cuando anunció las primeras medidas del New Deal. Porque si hay algo hoy en crisis es la visión economicista y el dogmatismo de modelos basados en una postura ideológica que sobrevaloró el mercado y subvaloró el Estado y la acción pública.
La decadencia de la ética pública, la cultura de la irresponsabilidad y la falta de transparencia han sido grandes aliadas de esta crisis. Porque parafraseando a Galbraith, el sentido de responsabilidad de la comunidad financiera respecto a la comunidad general ha demostrado ser casi nulo. Por esa razón, muchos quieren desentenderse de la dimensión social y política de la crisis, aunque ya pocos insisten en manejarla con las medidas ortodoxas de un decálogo económico agotado.
En el plano político, el discurso mesiánico se vuelve vacuo frente a la ausencia de resultados. El grito populista de derecha o izquierda se pierde en el ruido generalizado aferrado a las antiguallas fracasadas del autoritarismo. La personalización de la política lleva a la búsqueda de la perpetuación del caudillo o a la prefabricación de “otro” caudillo a su imagen y semejanza. Esa es la nueva versión de la defensa del statu quo. Al tiempo, la magia del verbo se desacredita frente a la pobreza de la acción y el exceso de la palabra inhibe la tarea de gobernar; mientras las instituciones y los controles democráticos saltan como fusibles frente a la sobrecarga del hiperpresidencialismo.
En el plano internacional, hay una gran desconexión entre la retórica del poder global y la actuación efectiva del poder local. El llamado a soluciones globales aparece opacado por el “sálvese quien pueda” nacionalista y proteccionista. Preocupante porque los historiadores demuestran que el proteccionismo se ha resuelto en el pasado con la guerra. Por cortesía de la crisis, por ejemplo, el Muro de Berlín estaría a punto de resucitar porque Europa del Este se siente al margen de la otra Europa. Y el desgobierno de lo global golpea con desespero las puertas de la próxima Cumbre del G-20.
En ese ámbito, sin embargo, algo puede estar cambiando, porque las noticias que vienen del mundo desarrollado indican que se consolida un consenso muy concreto para erradicar los paraísos fiscales y lograr el levantamiento del secreto bancario. Simultáneamente, la justicia estadounidense le da tratamiento de crimen organizado a la banca suiza y pide nombres de titulares de cuentas cifradas. Ya se verá si ese consenso se va a materializar en persecuciones judiciales globales contra los lavadores de dinero. Porque si hoy se pide replantear con razón el descalabro de la estrategia de lucha contra la droga, estas medidas pueden ser armas de gran eficacia.
Este es un momento para sentarse a reflexionar sobre la forma como se va a afrontar lo que viene, sin sectarismos, descalificaciones, ni provocaciones a los adversarios. Pese a que en Colombia se sigue o bien desconociendo la magnitud de lo que viene, o bien pensando que se puede manejar con “más de lo mismo”. Una receta que es jarabe ácido porque ignora que el tema central —global y local— continuará siendo el crecimiento de la desigualdad.
Si es verdad que se abre la puerta a una nueva era, ella deberá ser la era de la responsabilidad, la transparencia y la inclusión social, y allí habrá que mostrar ideas nuevas, claras y propias. Porque en el mundo nuevo que comienza a construirse, algo sería imperdonable: la falsa innovación en materia de políticas o el continuismo disfrazado de liderazgo renovador.