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Aciertos y pifias

Fernando Toledo
10 de junio de 2011 – 11:20 a. m.

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Si Federico García Lorca hubiera seguido a Margarita Xirgú, la gran actriz que vino en 1938 y quien lo invitó a que la acompañara en esa gira americana que se inició antes de la Guerra Civil, tal vez no hubiera muerto y, acaso, su rastro indeleble habría quedado impreso en los adoquines de la carrera séptima.

Por esa sensación de una presencia que no pudo ser, resulta acertado que el Teatro Julio Mario Santo Domingo emprenda el arduo, y necesario, camino de las producciones teatrales con una obra suya, bastante desconocida por aquí, a pocos meses de cumplirse setenta y cinco años de un asesinato que todavía enardece  a la vega de Granada.

Gran expectativa ha generado la puesta de El Público, aún en cartelera, que el propio Lorca consideró poco menos que irrepresentable y que tiene el aroma de ese surrealismo al cual perteneció, como a ningún otro movimiento, un autor para quien “debajo de las multiplicaciones había una gota de sangre de pato”. No deja de ser una lástima, sin embargo, que la propuesta no se haya circunscrito a la citada obra de 1930 y que se la haya añadido, casi como un refuerzo, la pobre lectura de otro drama del propio Lorca, también surrealista, que le rebaja calidad al todo y de ninguna manera por un texto lleno de sugerencias, y de metáforas, sino por el menor esmero en una producción alejada de ese universo de ensoñaciones que concebía el poeta.

 Sin duda la puesta de El Público resulta mejor articulada, dentro del imprescindible desarticule de un estilo, y con un clima más onírico. No obstante en los dos títulos y a pesar de la longitud innecesaria de un espectáculo denso, se cuecen remiendos y, en menor grado, también aciertos. De los primeros el más notorio es el descenso en el nivel de un grupo que era sobresaliente y que, salvo excepciones como las de Elkin Díaz, John Alex Toro y Ramsés Ramos, parece haber sido devorado por ese monstruo implacable de la televisión que engola, hace añicos la médula interpretativa, arrasa con la dicción, con la profundidad y con el poder de comunicar. Acertados son, sin embargo, el respeto del director polaco Pawel Noviki por el texto lorquiano y por la creación de una atmósfera sobre todo en El Público -a pesar de la flagrante inteligibilidad de muchos parlamentos y del uso de ardides “deja vu” como el de los dichosos patines- y la dignidad del vestuario.

 En resumen, si es menester registrar la cordura de incluir El Público en la programación del teatro, es preciso hacer un par de recomendaciones: por un lado “lo bueno, si breve etc. etc.” Y, por el otro, ojalá que el otrora conciso grupo escénico haga más a menudo teatro en aras de mantener una calidad que empieza a sentirse asaz disminuida. 

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