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Aires de fiesta

Fernando Toledo
28 de febrero de 2012 – 06:25 p. m.

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En menos de un mes se inicia el decimotercer Festival Iberoamericano de Teatro que, con cambios más conceptuales que numéricos, se proyecta otra vez como la gran feria cultural del año.

Este año soplan nuevos aires en la organización. Los cambios no se relacionan con la planta administrativa cuya esencia, con Ana Marta de Pizarro a la cabeza, seguirá siendo la misma, sino más bien con la definición de un evento más compacto en lo que se refiere a la oferta pero, en cambio, de mayor profundidad y que seguirá reflejando las tendencias internacionales.

Lo anterior no significa que el Iberoamericano se haya encogido sino, más bien, que ha ido encontrando una dimensión coherente con la demanda y con los necesarios ajustes, tanto financieros como logísticos, encaminados a avalar una permanencia. Por supuesto, el festival seguirá mostrando las transformaciones de un género que, pese a sus más de 25 siglos de historia, es dinámico por definición y, por lo tanto, versátil. De hecho, el teatro en el mundo ha tenido cambios significativos. En la última década el desplazamiento universal del actor en función de una evolución tecnológica, hasta cierto punto efectista, si bien fue del agrado inicial de audiencias cada vez más jóvenes, terminó generando un cierto distanciamiento del público. Por ello fue preciso asegurarse, en una atmósfera cada vez más competitiva, de recuperar el interés de los grandes auditorios a través de puestas en escena más impactantes que fueron rescatando el poder de la narración y exigiéndoles a los interpretes un ajuste multidisciplinario con el escenario mediante la capacidad actoral, el talento musical y vocal, la danza y aun las posibilidades acrobáticas. El resultado ha sido el hallazgo de nuevos derroteros de mayor impacto donde las ciencias aplicadas juegan un papel sin opacar el talento o la capacidad creativa de directores o de actores.

Esa será, en consecuencia con las directrices universales, la nota dominante del Iberoamericano de este año que, de nuevo, vuelve a ser una ventana de lo que ocurre en los grandes escenarios y que en esta ocasión, con Rumania como país invitado, platea una auténtica promesa de sostenibilidad al contar, desde ya, con una junta directiva renovada de la cual hace parte la ministra de Cultura, Mariana Garcés. Dicha presencia tiene el prurito de oficializar el compromiso del Estado alrededor de un evento que apunta a consolidarse como un patrimonio permanente. Los cambios marcan, en todo caso, una certera evolución y barren las huellas de cualquier turbulencia pasada alrededor de lo que, sin duda, es uno de los acontecimientos más significativos del año en la escena continental.

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