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Don Carlo: ni mu ni fa

Fernando Toledo
31 de agosto de 2011 – 06:00 p. m.

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Es difícil hacer de una de las obras maestras de Giuseppe Verdi un plomo.

No obstante la Ópera de Colombia, que para conmemorar sus 35 años estrenó Don Carlo, lo logró sin ambages. Aunque sería excesivo afirmar que la puesta haya sido un absoluto desastre, la sumatoria de pifias consiguió volver insípido lo que, con más substancia teatral y con un elenco de mejor nivel, hubiera podido ser un plato fuerte.

La escenografía, que en un primer golpe de vista pareció enfocada por su severidad, fue fatigando, a medida que transcurría la ópera, por una inclinación estructural, cliché ya superado a estas alturas, que por la duración del espectáculo se convirtió en un agobio difícil de soslayar. A su turno, la pueril dirección escénica, atestada de lugares comunes y torpe en el establecimiento de la tensión dramática que hay entre los personajes, apenas si marcó unas entradas y salidas como de pasarela por dos rampas que, con la mira de remedar una cruz en una única y bobalicona aproximación conceptual, obstaculizaron la fluidez de movimientos.

Las luces, planas, para resaltar la grisalla del decorado dejaron de lado a los protagonistas. El vestuario, en particular el de las mujeres, no fue coherente con la época del relato, recusó la atmósfera de una de las cortes más austeras de la historia y, por momentos, amén de caer en la uniformidad merodeó la cursilería y el colorinche. Bastaba con seguir la iconografía disponible en la obra de Sánchez Coello para evitar gazapos.

En lo que se refiere a los intérpretes, sorprendió que se eligiera un reparto, salvo el tenor, tan baladí. La comunicación, que en el campo operístico define ese límite sutil entre la emoción y el tedio, fue de una estrechez axiomática. Escasez de brillo, pobreza de matices, algún grito estentóreo, inseguridad, vaguedad interpretativa y poca experiencia en los papeles opacaron momentos claves.

Cabe destacar, en el rol titular, al tenor colombiano Cesar Gutiérrez que, con su hermoso timbre, fue el más seguro de los solistas, así como el limpio papel tanto del Coro de la Ópera como de la Orquesta Filarmónica de Bogotá aunque, en este último caso, la dirección de Will Crutchfield, tal vez por la escasa certidumbre vocal, pecó de timidez. Lo anterior no bastó, como tampoco el mejor resuelto cuadro del Auto de fe, para contrarrestar la escasa pulcritud de la versión. Ojalá que a Don Carlo le esperen, por aquí, otras lecturas que le otorguen el lustre que merece y la profundidad dramática que piden tanto Verdi como la obra de Schiller de donde se nutre el libreto.

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