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La televisión es parte integral de la vida y por lo tanto de la cultura.
Aún sin ser televidente, dos series de la cadena Caracol generan, por estos días, un excepcional interés: por un lado Escobar, el patrón del mal, tiene el prurito de revivir, con óptima producción, una historia que, por perversa, vale la pena recordar para darse cuenta de hasta dónde llegó esa cultura del atajo que, por desgracia, sigue campeando como lo ponen de presente hasta los llamados padres de la patria que intentan la prebenda merced a sus posiciones.
La otra serie, menos dramática, que permite también lecturas positivas porque se trata de hallar “el colombiano ejemplar”, resulta a veces como un colofón de la anterior y por el natural arrastre de sintonía, amén de su propio interés, mantiene a una audiencia multitudinaria en vilo.
En el Desafío, un reality, como se les llama a esos concursos de largo aliento, se ponen de presente las virtudes y los defectos de los participantes. Si se propicia a veces lo grotesco, por momentos el ingenio se convierte en protagonista y las estrategias que se articulan dejan advertir destellos de inteligencia. En el torneo cuentan tanto la destreza física como la decencia que, para el imaginario colectivo, debe tener un óptimo ciudadano. En este último sentido cabe destacar la honradez de dos participantes campesinos cuyo desempeño pone de relieve que esa supuesta candidez del campo, que no tiene nada de ingenua, se relaciona con los valores.
Sin embargo, y volviendo al tema del atajo, en días pasados dos integrantes de uno de los equipos, que parece ir a la cabeza, fueron pillados en un fraude. Lo natural hubiera sido que, al tratarse de hallar el compatriota ideal se los hubiese eliminado sin ambages, pero eso no ocurrió: por el contrario, tuvieron la oportunidad de competir para eliminarse y mientras uno abandonó el juego el cerebro del ardid, cuyas muestras de machismo a ultranza son frecuentes, recibió un castigo más bien leve y siguió adelante con un arrepentimiento poco convincente. Aunque eso ocurra en la vida real, cabe preguntarse: ¿si se trata de elegir a un ciudadano óptimo, dicho señor, si llega a ganar, lo cual es muy posible, lo podría encarnar? Sería, sin duda, una tergiversación de los valores. Es inexplicable que los productores, a contrapelo del mensaje que va quedando en la serie sobre el peor mafioso de todos los tiempos, no hayan descalificado a los dos tramposos. Ojalá que en esa encomiable búsqueda de alguien cuando menos íntegro no se acabe enviando un mensaje equívoco. Los aprovechados distan mucho de ser modelos, aunque muchos se hagan los de vista gorda o aumenten la sintonía.