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La calidad del dramaturgo Brendan Behan se advierte, con la cruda perspectiva del tiempo, como más que discutible.
A mediados del siglo pasado, sus obras impactaron a muchos públicos en parte por una rebeldía intrínseca y acaso por la condición suya de activista del legendario, y temible según el prisma con que se mire, IRA. Décadas después, habida cuenta del cambio político en Irlanda, se advierten trasnochadas y al releer parlamentos y repasar escenas se descubre por qué no tuvieron la enjundia que necesita la obra de arte para obtener el esquivo carné de la supervivencia. En este entorno sin embargo El Rehén, The Hostage o An Giall, porque fue escrita originalmente en gaélico, tiene el señalamiento de haber sido la pieza con la cual nació el Teatro Nacional, donde se gestó uno de los más profundos cambios que ha sufrido el show business local y la consiguiente vida teatral, desde el ángulo de la oferta y de la percepción pública, al generar para los bogotanos una alternativa permanente de entretenimiento que, a la postre, abrió caminos tan significativos como el Festival Iberoamericano de Teatro.
Tal vez por ese aroma a nostalgia y por rendirle un homenaje a la inolvidable Fanny Mikey, protagonista de la obra en su momento, se eligió, para conmemorar el hecho, revivir un título al que, después de 30 años, se le ve “el cobre” pese a un fallido intento de remozamiento en una puesta que, a contrapelo del propósito, se convierte en un pastiche de lugares comunes, pretendidas caricaturas y flagrante senectud. Además, una lectura baladí le saca el quite a cualquier intento metafórico y la “farsa extravagante”, como se anuncia, logra lo que parecía imposible: en donde los auditorios se desternillan incluso frente a lo que no es risible, el silencio invade la sala durante casi toda la representación y pone de relieve la densidad del aburrimiento. La pretensión de calcar los inimitables gorjeos cabaretísticos de Brecht y Weill resulta infructuosa, y peor aún en lo musical, y para completar el desaguisado, los actores y actrices de experiencia, a quienes se les suman nuevos nombres, acaso por la falta de concepto y la permisividad con el exceso de piruetas, caen a menudo en la sobreactuación. Lástima que para la reminiscencia no se hubiera pensado en otras aproximaciones del Nacional al gran repertorio. Títulos como Panorama desde el puente, ¿Quién le teme a Virginia Wolf?, La prostituta respetuosa o incluso Bent hubieran ilustrado mejor la evolución escénica del país. Por el contrario, el montaje de El rehén parece una involución. Por fortuna, todos sabemos que no ha sido así.