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Tuve la ocasión de visitar la exposición retrospectiva de Beatriz González que se lleva a cabo en el Museo de Arte Moderno de Medellín.
Al recorrer una selección que, para fortuna de muchos visitantes, estará abierta hasta marzo de 2012, con un asombro que crecía a cada paso, el sustantivo coherencia comenzó a darme vueltas en la cabeza. La sensación de ir atisbando la profunda relación con el arte, con el entorno y consigo misma de una artista fuera de serie adquiría cada vez mayor relevancia, sobre todo por estar en un país donde, en el panorama creativo, se rompen a menudo esas ligazones y donde las concesiones, en función de lo comercial y de un exitismo mal entendido, suelen estar a la orden del día.
Si la obra de una pintora nada común es la protagonista de La comedia y la tragedia, como se llama una muestra que conmueve, divierte, emociona y genera paradojas internas, como debe ocurrir con el gran arte, hay que destacar la curaduría de Alberto Sierra y Julián Posada quienes, amén del escogimiento de un par de centenas de trabajos paradigmáticos, plantean un ritmo que permite seguir la singularidad, y la complejidad, de una intención creativa al establecer como ejes cuatro etapas que avizoran la solidez de un recorrido y las turbulencias que la maestra se ha ocupado de retratar a lo largo del tiempo, y de cuestionar sin piedad.
En la primera parte, bajo el título de Inicios (1948-65) se descubre una primera producción pictórica y la influencia de la gran pintura universal. En una segunda fase (1965-78) se advierten las exploraciones alrededor de la imprecisión de las reproducciones artísticas. A partir de un tercer lapso (1967-85) el visitante ingresa en esa riqueza formal forjada alrededor de una estética raizal y que, con un talante “pop”, ha marcado una obra excepcional. En el último período se avizora la agudeza de una urticante indagación sobre lo político y lo social que, aunque genere una cierta sonrisa en el espectador, lo lleva sin remedio a la reflexión.
Si uno de los mayores atributos del arte, a lo largo de la historia, ha sido el de recoger la realidad, tamizarla a través de un prisma y universalizarla para convertirla en una posibilidad estética, González, como pocas en los últimos 50 años, por la rara capacidad de conciliar el lenguaje de las circunstancias que le tocaron con las tendencias, con lo próximo y sobre todo con la hondura de un espíritu crítico, merece que se la reconozca como la maestra de la modernidad colombiana.