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Más puesta que drama

Fernando Toledo
03 de abril de 2012 – 07:07 p. m.

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Lo que sucede tras el relato de Ibsen en Casa de muñecas es el supuesto del cual parte Elfriede Jelinek en Lo que pasó cuando Nora dejó a su marido, la obra que trajo al Iberoamericano la compañía nacional de Praga o Národní Divadlo.

A fe que el espíritu de provocación, el lenguaje apabullante y el deseo de producirle ronchas a la burguesía, que caracterizan a la autora austríaca, se diluyen en medio de una trama que, por la recurrencia sobre una temática conocida hasta la saciedad como la posición de una sociedad machista ante lo femenino, se advierte como déjà vu o más bien como otra pieza de esa insistencia en poner el dedo en una llaga que, a estas alturas, le repugna a cualquiera con dos dedos de frente. Valga afirmar que la mayor eficacia textual la tienen las punzadas contra ese capitalismo salvaje que, por diversos caminos, aun por el consumismo y por lo mediático, ve a la mujer como si fuera un objeto.

A contrapelo de lo anterior, el concepto de la producción consigue un espectáculo brillante que, a juzgar por una reacción unánime, cumple con las expectativas de ese público que acaso busca entretenerse. El primer logro de Michal Docekal, quien la concibió, reside en la elección del tiempo en el cual transcurre la acción, los años 30, que establece un sentido de verosimilitud de acuerdo con un entorno y, además, le permite al director sacarle jugo al humor y, al mismo tiempo, explorar el nacimiento de un populismo de corte fascista y antisemita, en vista de que los judíos eran los grandes capitalistas. Otra virtud reside en la creación de una atmósfera. El vestuario, las luces, las cajas que se desplazan para crear ambientes, las pantallas donde se proyectan películas y fotografías de época nada convencionales, los parlantes gigantescos, los ventiladores industriales y los demás elementos de una utilería descomunal forjan un ambiente constructivista que rescata la estética de la máquina, como en su momento hicieron los artistas soviéticos Naum Gabo o Vladimir Tatlin, fundamentan la metáfora visual y mantienen en vilo al espectador.

Un acierto es el uso de ilustraciones musicales, en vivo, que le dan al montaje el sabor de un cabaret de antes de la guerra y que sugieren el sonido de autores del corte de Kurt Weill. Ese tono aligera la acción al permitir, sin caer en el esquema del musical, sutiles coreografías de grupo y las mesuradas interpretaciones de fragmentos. Hay que aplaudir la versatilidad del elenco: pone de presente el alto nivel de una formación y una disciplina a toda prueba. En síntesis, teatro mucho más de forma que de contenido y que, no obstante, consigue que los asistentes pasen un buen rato.

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