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¡Se abrió el festival!

Fernando Toledo
23 de marzo de 2012 – 07:41 p. m.

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Por primera vez en la historia del Iberoamericano, a una producción colombiana le tocó el turno de inaugurar.

María Barilla, una realización del Teatro Nacional y del propio festival, bucea en la identidad y, con aires de sombrero “vueltiao”, de ritmos sinuanos y de saudades de la sabana sucreña, se adentra en una simbología regional que ha ido ganando espacio y visibilidad en las últimas décadas.

La obra, construida a partir de los husmeos folclóricos del investigador y compositor Leonardo Gómez, aunque al inicio produce cierta empatía, termina quedándose a medio camino entre una gran producción y una propuesta con cierto tufo de amateurismo porque aquello que constituye su mayor fortaleza es a la vez su gran debilidad. La paradoja no lo es tanto: la música de origen campesino, la sonoridad de una banda vernácula, los juglares que conmueven y los cantadores y bailarines de los recodos que retrata el relato se roban el “show”, como suele decirse, y sitúan en un segundo, o tercer plano, un desarrollo sin mayor asidero.

Al resultado le falta tensión como para que la historia llegue a generar interés y, en consecuencia, el desperdicio del personaje que le presta su nombre al espectáculo no tarda en ponerse en evidencia. Lástima, porque esa leyenda hubiera merecido un mejor tratamiento puesto que fue, además de un mito del folclor costeño, un emblema político en esas décadas cuando se gestaron las luchas sindicalistas y los primeros intentos de reivindicación de la mujer.

Hay que destacar, no obstante, la labor de Pedro Salazar, el director, cuya experiencia operística le permite crear una urdimbre con ritmo pese a la literal escasez de poesía. Entre las virtudes, valga mencionar el buen ensamblaje, sin saltos abruptos, de las escenas de canto y danza con aquellas dialogadas. En cuanto a las luces, el delicado trabajo de sombras y el colorido afín con las atmósferas que pretenden recrear, establecen un cierto expresionismo de talante tropical que resulta acorde con el apropiado espacio escénico de Julián Hoyos y enriquecido con un interesante juego de planos visuales.

Las mayores palmas, además de los músicos y bailarines sabaneros, son para Natalia Bedoya y Julián Román, cuya versatilidad le saca pelos a una calavera: convencen como actores de fuerza expresiva, como cantadores y como bailarines. Aunque bien secundados por Juan Sebastián Aragón e Indhira Serrano, las fortalezas interpretativas no alcanzan a salvar una puesta que, por el escaso nervio teatral fruto de una pobre dramaturgia, no tiene, en suma, el nivel que se requiere para abrir un certamen como el que acaba de comenzar.

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