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Sí pero no

Fernando Toledo
06 de abril de 2012 – 08:07 p. m.

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A pesar de la ovación del público, de que por ahí un cuarto de la sala se puso de pie al final del estreno en el teatro de La Castellana, de las palmas a ultranza que la premiaron, no logré sintonizarme del todo con la Electra de la compañía Teatrul National Radu Stanca Sibiu de Rumania, país invitado de honor al Iberoamericano, que se me antojó más efectista que sustanciosa.

Si bien el director Mihai Maniutiu consigue momentos de un asertivo plasticismo, como el de la muerte de Egisto, al final, o el de los cuerpos caídos antes de comenzar la representación, y otros que son como brochazos; y a veces logra un ensamblaje convincente en la acción, conjuga a menudo tal número de ingredientes, que lejos de lograr una síntesis satura la historia y la llena, en aras de la metáfora, de un ruido que le resta profundidad.

Para comenzar, en la recapitulación, construida a partir de Sófocles y Eurípides, el pretendido diálogo entre el desarrollo dramático y las ilustraciones sonoras, tomadas de la música vernácula rumana, y cuya intención es la de subrayar el carácter popular, si bien tiene una brillantez innegable, amén de atronador, y por lo tanto contrastante en exceso con una tragedia que tiene visos de intimidad, es reiterativo y, en todo caso, predecible, puesto que se siente como ensartado en intervalos constantes. Es innegable, sin embargo, que al principio el trío formado por un instrumento de percusión —tambor y crótalos— violín y guitarra, sumado a las voces corales, establece un clima que, en mi opinión desde luego, se va desgastando a medida que transcurre la representación.

Hay que destacar, no obstante, el talante actoral de un grupo al que se le nota el nervio, una formación afincada en la tradición y, por lo tanto, una calidad intrínseca. Convencieron, en particular, las dos señoras actrices que interpretan a Electra y a Clitemnestra, quienes, por fortuna, tienen la mayor responsabilidad dramática. A la hora de evaluar todo el espectáculo hay que recalcar las fallas graves alrededor de la traducción, o mejor, de los sobretítulos. Al proyectarse dentro del escenario y sobre telón negro, donde el destello de las luces los opacan de manera casi definitiva, los diálogos resultan muy poco legibles. Por lo demás, las canciones, en una contradicción, si es que se pretende que evoque a las orchestras de la tradición griega y romana, ni siquiera fueron vertidas al castellano y, por tanto, quedan reducidas a un sonsonete apenas ornamental. Acaso esas fallas en la comunicación, por supuesto inadmisibles, se convirtieron en los detonantes del sabor a trunca que, al menos a mí, me dejó la Electra.

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