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Sin tapujos

Fernando Toledo
14 de febrero de 2012 – 05:00 p. m.

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Para continuar con la Carmen del Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo, es preciso afirmar que ha sido memorable el primer encuentro de la sala con su vocación lírica.

Si Bizet murió abatido por el fracaso de su obra maestra, que luego sería una de las más populares del repertorio, habría estado orgulloso de la lectura sin cortapisas del director español Calixto Bieito quien se regodea al plantear la estética que surge del impudor y de la vulgaridad de los bajos fondos.

Bieito, quien traerá otra propuesta al festival Iberoamericano, con un deje expresionista huye de los arquetipos de la españolería y construye, con metáforas y punzante poesía, una atmósfera veraz. Ahí están el fanatismo y la brutalidad castrense, la corrupción, el estraperlo o contrabando, el erotismo sin disimulo, la valla con el toro de “Osborne” arrancada de las dehesas y destrozada en una alegoría de la corrida, la violencia de género, la chabacanería del turismo playero, y hasta un maletilla que torea desnudo a medianoche, entre otras claves de una Andalucía sin colorinches, nada lejana de nosotros, cuya estirpe romana, árabe, judía, y cristiana, que a veces aterra y otras emociona, determina la fatalidad que envuelve a Carmen.

Más allá de la simbología, la puesta, con momentos tan sugestivos como el “ballet” de automóviles reales o la vehemencia del gentío ante el rito del toreo, deja de lado el a menudo maltratado mito operístico. La multitud desarrapada, cuando la trama lo exige, sin peinetas ni sombreros cordobeses, retrata con patetismo el populacho febril que plasmó en su novela Mérimée, y al que tiñeron de exotismo los libretistas Meilhac y Halevy en la versión lírica que, a pesar de ello, escandalizó en el estreno al pacato público parisiense. En un contrapunto nada almibarado, el director subraya también la intimidad para poner de presente que se trata de un drama de soledades en conflicto: de una tragedia de atracción genital, desamor y celos.

Carmen eficaz de gran nivel dramático, sin tiempo y sin espacio por el uso recurrente de una escena desolada y a veces negra, en cuyo desarrollo musical, a pesar de los desafines y desajustes de varios solistas, hay que aplaudir la soberbia, y de gran tersura vocal, Micaela, de la excelente soprano María Bayo; el desempeño de los coros y el cumplimiento de la Orquesta Sinfónica de Colombia. A su turno, la Carmen de la mezzosoprano Jossie Pérez, de musicalidad y colorido ambiguos, tiene, además de una presencia, la condición de comunicarse con el auditorio. Ojalá el Teatro Mayor, para honrar un destino irrevocable, siga certificando, con productos de tan alta calidad visual, que la teatralidad en la ópera juega un rol definitivo…

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