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Verdi de lado

Fernando Toledo
02 de julio de 2013 – 06:49 p. m.

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La mayoría de los iberoamericanos, y por supuesto los colombianos, hemos escuchado alguna vez algo de Giuseppe Verdi: unos cuantos nos recreamos con Rigoletto, con El trovador o con cualquiera de sus otros 25 títulos; otros tararean el familiar brindis de La traviata; miles se dejan acariciar por el “Va pensiero” de Nabucco y la mayoría, aun en campos y veredas, suelen casarse o graduarse con la marcha triunfal de Aida.

Sí, Verdi ha hecho parte de la vida de casi todos y para muchos los fragmentos de su obra acaso sean la única aproximación con un género al cual, con un talento fuera de serie, dio lustre y convirtió en un símbolo de la reunificación de Italia. Sin embargo este año, cuando se conmemora el bicentenario de su nacimiento, sin razón varias instituciones culturales apenas si se han acordado de su existencia.

De golpe y porrazo, en cambio, nos volvimos wagnerianos y, como cosa curiosa, un autor que parecía inspirarles a los gestores musicales pánico, de pronto, merced a un bicentenario que también se recuerda, se convirtió en la superestrella de los programas. Ojalá que la tendencia dure, que los títulos del gran maestro de Weimar se sigan programando y que no se trate, como suele ocurrir entre nos, apenas de un relumbrón de esnobismo. Aplaudo la llegada de Wagner con más de un siglo de retraso, faltaría más, pero me preocupa que sea fruto de un cierto arribismo mediático. No puedo, al respecto, menos que evocar un episodio que viví alguna vez en Nueva York, cuando un personaje de la cultura nacional, hoy adalid del compositor alemán, a quien le sugerí que me acompañara a una función de Parsifal en el Metropolitan, sin vacilar me respondió: “¿Cómo se te ocurre que vaya a algo tan aburrido?”.

Ojalá que él y tantos otros perseveren para que en el país los títulos de un maestro que creó el concepto de la obra de arte total se mantengan en el repertorio; sin embargo, me permito dudarlo. Por lo pronto, y a pesar del placer que produce ver y oír la obra de Wagner en Colombia, se echa de menos al gran Verdi cuyos trabajos, en este año de dos bicentenarios, deberían figurar con mucha más enjundia que en un par de relamidos conciertos de oberturas menores. Al fin de cuentas han sido ejes de la lírica, incluso en estos andurriales, como lo demuestra que El trovador haya sido una de las primeras óperas que se vieron completas, que Hernani abriera el teatro insignia del país y que el compositor del himno nacional hubiese debutado en Bogotá como Rigoletto. A mi turno, aunque me subyugue Wagner, no me cansaré de pregonar siempre, y en particular este año, que también viva Verdi.Se habla de conformar comisiones técnicas para hablar de esto más en detalle. Que se haga. Pero que, ojalá, todo esto no quede en el papel, como suele ser la realidad de este país.  Que pronto podamos tener un transporte de taxis digno, a la altura de lo que debe ser la capital de un país.

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