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Hace 30 años, cuando la ópera nacional tenía fallas que saltaban a la vista y en todo caso al oído, otras dos personas y yo nos propusimos crear un crítico de ficción que, bajo la firma de El fantasma de la ópera, le cantara la tabla a los productores líricos. A través de un alto ejecutivo de El Espectador le hicimos saber las intenciones de escribir una columna, con seudónimo, a don Guillermo Cano y, al instante, encontramos en el inolvidable director del periódico, soezmente asesinado en 1986, un afectuoso cómplice del asunto.
Muchas noches, tras salir del espectáculo que fuera y después de tres o cuatro horas de escritura, íbamos, ya rayando el alba, a la residencia de don Guillermo para dejarle de manera furtiva la columna escrita a máquina y, al no existir los computadores domésticos, llena de tachones. Él mismo la entregaba oportunamente en el periódico para que saliera al sábado siguiente. No pocos devotos e implicados hicieron hasta lo indecible por descubrir al ínclito espectro que, no obstante, durante los años que tuvo vigencia y aún después, mantuvo el anonimato.
Tal vez la arremetida más fuerte la realizó un empresario norteamericano, presidente de una tienda por departamentos, reconocida y gran anunciante, quien como miembro de la junta directiva de la ópera no tuvo empacho en revelar, años después y con un deje de cierto sarcasmo, que le había sugerido a don Guillermo, un poco en serio y algo en broma, que si no le decía quién era el fantasma la pauta publicitaria podría encogerse. Sobra decir que el director debió ignorar el asunto porque no dijo nada y aunque, como era natural, los avisos no se redujeron, soslayó el riesgo que pudo existir con la firmeza con que El Espectador, a lo largo de su historia, ha sorteado esas presiones.
Cuando se corrigieron los problemas de la ópera, que habrían no obstante de volver con el correr del tiempo, el fantasma perdió su razón de ser. De forma personal, y sin remoquete, comencé un peregrinaje por medios que, incluido el memorable Magazín El Espectador, me llevó a la radio y la televisión, y a publicar artículos esporádicos en revistas, y columnas con mayor permanencia en otros diarios. Sin embargo, al regresar a esta casa, y ojalá sea por un lapso muy largo, donde comencé a garrapatear hojas para opinar sobre los temas de índole cultural, que creo a la postre terminan por cambiar un país, me siento muy emocionado porque, a ciencia cierta, sé que estoy arropado por un auténtico estandarte de integridad y de libertad de expresión.