El Espectador, 128 años en la edad de la innovación
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Se cree, y algo de verdad tendrá, que conforme pasan los años y el ser humano comienza a envejecer, el gusto por la innovación y la capacidad de innovar se van diluyendo. Y, sin embargo, también se cree, y se ve, que quienes en la madurez de su vida mantienen un espíritu innovador y aprovechan los beneficios crecientes de la innovación viven más y mejor cada vez.
Algo similar ocurre con las empresas. Aquellas que se aferran a lo que han hecho bien en sus años juveniles y no lo adaptan a los nuevos tiempos se van envejeciendo y, por lo general, ven marchitar su vida útil, su grandeza, su negocio. A la vez, aquellas que saben proteger su esencia en un proceso constante de innovación logran potenciarse para crecer, abrir nuevos mercados, mejorar su relación con los clientes.
Se vienen estas ideas a la cabeza ante la feliz coincidencia que refleja esta edición especial que hoy les presentamos. Una coincidencia provocada, claro, pues este fin de semana El Espectador completa 128 años de existencia, firme en sus ideales a la vez que líder en innovación en el medio durante toda su existencia. Festejar un cumpleaños centenario con una edición dedicada, y hecha con, innovación es la mejor manera de mostrar lo que somos.
Tanto más si vemos este aniversario como complemento de los más recientes: partimos de las ideas que transformarán el mundo para celebrar los 125 años; luego, para los 126, enfatizamos en los valores, sin los cuales esas transformaciones no tienen sustento ni razón de ser; hace un año, firmes en esos valores, exploramos los sueños que están en la base de cualquier logro; hoy damos el paso a las realidades, a la ejecución de esos sueños en productos y acciones que transforman nuestra vida con propósitos nobles.
Bajo esa sombrilla, tenemos hoy un eje central de 42 historias con ejemplos concretos de colombianos que están innovando, agrupadas en cuatro grandes capítulos que aglutinan según nuestro criterio las características básicas del innovador: cruzar las brechas, simplificar lo complejo, pensar en la gente y educar y entretener.
Historias que parten de un escenario teórico, esta vez en las palabras de Andrés Openheimer, autor de varios libros sobre educación, innovación y desarrollo, quien en esta entrevista especial para El Espectador se aventura a plantear las que a su juicio son las claves para que Colombia se transforme en promotor de la innovación.
El grueso de esta edición especial, sin embargo, lo constituyen esas historias ejemplarizantes de un país en movimiento y transformación. No están, por supuesto, todos los que son. Pero en esta selección puede darse uno la idea de desarrollos extraordinarios que van cambiando este país y a sus habitantes.
Como el de un par de hermanos que diseña como tesis de grado una mano con un diseño moderno que dignifica al usuario, económica y fácil de ensamblar con impresión 3-D, cuyo primer beneficiario fue su propio primo lejano que, ya con la prótesis, se dedicó a aprender a tocar guitarra. ¿Lo escucharon en el video de realidad aumentada que aparece en nuestra portada del impreso? Extraordinario.
Pero la innovación va mucho más allá de los avances tecnológicos. Son las ideas transformadoras y, sobre todo, la solución de problemas para la gente o para la sociedad lo que en últimas hace más valiosa la innovación.
Como aquella indígena de la Universidad Nacional que creó una app para evitar que se extinguiera la lengua de sus ancestros. ¡Y lo logró!
O como el “reclutador” de empresarios a través de la Andi de Antioquia que apadrina hoy más de 150 proyectos de innovación y emprendimiento, entre ellos uno que llegó a ganarse el contrato para alimentar ni más ni menos que al ejército ruso.
O como esa fundación que se dio a la tarea de llevarse al olvidado Chocó a profesionales de todas las áreas del conocimiento y de las mejores universidades para que dicten clases durante dos años (con sueldo de profesores de la región).
O como ese ingeniero electrónico que diseñó un dispositivo a través del cual se puede mover una silla de ruedas con los ojos.
O como los cafeteros colombianos que se asociaron con una empresa taiwanesa y desarrollaron camisetas hechas de café, ecológicas, repelentes de los rayos ultravioleta y cuyas fibras eliminan olores y absorben la humedad.
O como los diseñadores de una máquina de entrenamiento para futbolistas, que lanza los balones siguiendo órdenes por computadora para que el jugador los reciba con velocidades, elevaciones, giros o efectos previamente definidos y los reenvíe a compañeros virtuales ubicados en sitios predeterminados dentro de un campo de entrenamiento.
O como el atrevimiento de un canal público para desarrollar un seriado completamente animado.
O como Mateo Salcedo, creador de la primera serie de ficción a través de Instagram.
O como las casas flotantes que le solucionaron el problema constante a los pobladores de Chimichagua (Cesar), quienes ahora pueden mantenerse estables en época de inundaciones.
Y así. Cuarenta historias que, ya decíamos, son apenas una muestra de lo que este país es capaz de producir. La gran mayoría son personas que han desarrollado sus ideas en el recogimiento de sus metas y retos, lejos de la publicidad pero determinados a generar una transformación.
Acaso sacarlos hoy de ese anonimato sirva de impulso para tantos otros colombianos que están por ahí escondidos trabajando y desarrollando sus ideas sin saber que son ellos los que harán de este un mejor país, más moderno y, sobre todo, más enfocado en la gente y sus necesidades cotidianas en lugar de en esos asuntos que tanto nos ocupan a los medios de comunicación, a los que tanta importancia damos, y cuya efectividad para el ciudadano resulta siendo casi nula.
Esperamos que disfruten esta pequeña muestra de eso que también somos.
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