Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Estamos en momentos propicios para que cunda la antipolítica. Por un lado, se acaban de iniciar las sesiones del Congreso y, en un acto que pone de relieve una vez más las dinámicas autoreferidas de buena parte de nuestros liderazgos, aquel eligió como presidente a una persona profundamente cuestionada. Es lo que podríamos llamar “la coyuntura”. Por otro, el mundo atraviesa una terrible pandemia, en medio de la cual oímos diariamente el clamor por más técnica y menos política. Quisiéramos —muchos, casi todos— decisiones basadas en datos y no guiadas por intereses mezquinos de corto plazo.
Esto muestra que los instintos antipolíticos responden a problemas reales y encarnan aspiraciones genuinas. Sin embargo, creo que a la vez se basan en malentendidos bastante fundamentales y generan más problemas de los que solucionan.
Aquí van pues algunas ideas apresuradas en defensa de la política. Primero, la constatación simple: no todos los políticos son iguales, ni responden de manera idéntica a los mismos incentivos. Hay una cantidad enorme de ejemplos. A principios de este siglo, Gina Parody —en ese momento una uribista profunda— sintió que no estaba dispuesta a aceptar la parapolítica. No la conozco, a Parody, y sé que su trayectoria tuvo después pasajes malos. ¿Pero no les parece que eso la hacía diferente (en ese momento, en ese lugar)? Como tampoco conozco a Juan Fernando Cristo. Pero sé que su padre fue asesinado por el Eln, lo que no le ha impedido mantener durante lustros una lucha incansable por la paz. ¿Creen en serio que se puede meter en el mismo saco que los líderes que se dedican a propalar discursos de odio?
Claro que no. Hacerlo simplemente ayudaría a los más descompuestos y agresivos. ¿Si los electores creen que todos son idénticos, a cuento de qué nuestros representantes van a querer portarse mejor? ¿Miedo a los organismos de control? Estos también están copados por políticos (no hablemos ya de su deplorable situación actual; ver al respecto la columna de Cecilia Orozco en este diario).
Igualmente interesante es el tema de la complicada relación entre ciencia y política práctica. La pandemia nos pegó precisamente en el momento en que la política de la verdad global está cambiando aceleradamente bajo la influencia sobre todo del cambio tecnológico y del ascenso global de la extrema derecha. No debe extrañar, por tanto, que haya una aspiración desesperada por tener decisiones basadas en evidencia. ¿Qué prefieren: las recomendaciones de Trump, incluyendo el consumo de lejía, o las de un médico real?
Hasta aquí, santo y bueno. Pero no es posible olvidar que hay un núcleo duro puramente político en algunas decisiones. Claro: la buena evidencia nos puede decir si estamos o no en crisis, por qué e incluso cuáles caminos están cerrados por ser totalmente irrazonables y cuáles están abiertos. Sólo la política permite escoger entre estos últimos. Sólo ella permite orientarse en el laberinto de problemas distribucionales y de acción colectiva que afectan a toda la sociedad. ¿El curso de acción correcto es un paquete económico a gran escala como acaba de decidir la Unión Europea, o alguno otro? ¿Quiénes ponen más, quienes reciben? ¿En cuáles costos incurrir y cuándo? Estas determinaciones no las puede tomar un técnico/filósofo, por bueno que sea, o un sofisticado algoritmo: siguen siendo, afortunadamente, resorte de los políticos.
Es cierto: necesitamos escuchar mucha más y mejor evidencia. Verbigracia: queremos que químicos de verdad nos digan si el glifosato causa o no daño. Pero piensen ahora en preguntas como: ¿quién carga con los brutales costos y riesgos de la política antidrogas? ¿Los más vulnerables? Esas sólo las responden los políticos, como hizo esta semana el Congreso estadounidense, o como lo habían hecho los nuestros de manera más clara hace un par de años (aunque con mucho retraso en comparación a otros).
Conclusión: también necesitamos mucha más y mucha mejor política.