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El escándalo por los crímenes atroces en Buenaventura hizo parte de las oleadas noticiosas en los medios. Junto con la sequía en Casanare, este caso tiene ribetes catastróficos más allá del pasajero acontecer mediático.
En Buenaventura se condensa el eterno abandono estatal de la Cuenca del Pacífico, que cubre el Chocó y la parte costera de los departamentos del Valle, Cauca y Nariño, al otro lado de la Cordillera Occidental.
Tuve la suerte de recorrer palmo a palmo esa cuenca, entre 1958 y 1959, cuando participé en el levantamiento de la red geodésica que la atraviesa. El Chocó estaba abandonado a su suerte, tanto en su costa como en los valles del Atrato y el San Juan, en medio de la Serranía del Baudó y la Cordillera Occidental. Los negros e indios, y algunos blancos y mulatos que explotaban madera, vivían al ritmo de la naturaleza, sin Dios ni ley.
Al sur de Buenaventura, manglares y costas pantanosas atravesadas por ríos terminan, al final, en espacios más holgados en Nariño. Al frente de Guapi, en la costa caucana, se divisa la isla de Gorgona, habitada entonces por una familia que cuidaba una casa de madera de dos plantas de propiedad de un “aristócrata” valluno. A todo lo largo de la cuenca se sobrevivía al paso lento de sus pobladores. El transporte entre sus caseríos era en pequeños barcos artesanales de cabotaje, además de las pangas para ríos y trayectos cortos.
El eje inercial de esta forma de vida era Buenaventura. Al igual que en las demás poblaciones del litoral, allí pululaban las casuchas de madera apoyadas en troncos en medio de pantanos, cuyos habitantes exhibían la miseria ante la indiferencia del país. En ese puerto, al que se llegaba por un carreteable desde Cali, sobresalía el bello edificio del hotel Estación y el barrio de La Pilota, ubicado en una loma plana con un inmenso tanque para almacenar agua. Allá llegaban en la noche toda clase de marineros a buscar licor y prostitutas para divertirse. Pero no se conocía la inseguridad.
Luego de más de cinco décadas, los cambios más visibles a lo largo de esa cuenca son casi todos degradantes: una mejor vía que comunica el puerto más importante con el Valle del Cauca, otra que busca conectar el país con Quibdó, unos pocos aeropuertos artesanales, los caseríos igual de miserables pero más poblados, explotación ilegal de minas en medio de unos ríos alterados y contaminados, y una tala inmisericorde de la exuberante selva.
Pero hay algo más: la violencia de guerrillas, narcotraficantes y bandas criminales, la delincuencia del rebusque a cualquier precio y los operativos esporádicos de la Fuerza Pública. Como resultado de este cúmulo de actividades legales e ilegales sin control, un caótico comercio emergente que ha puesto al descubierto la explotación que sufre la mayoría de la población.
¿Cómo pueden pues los gobiernos nacionales, departamentales y locales dejar a su suerte este deterioro de una riqueza natural sin límites? ¿Cómo puede el actual gobierno enorgullecerse de hacer parte de la Alianza del Pacífico disimulando su hipocresía al celebrar esa membresía desde un centro turístico del Caribe? ¿Y cómo puede pretender solucionar este maremágnum militarizando, en vísperas electorales y de manera efectista, el principal puerto del país?
Francisco Leal Buitrago *