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Hace unas semanas, El Espectador publicó la noticia titulada “Castella vuelve a la «guerra»… desde la guerra”. Y al inicio del subtítulo: “Tras más de mil días de retiro de los ruedos, el mejor torero francés de la historia vuelve a la Feria de Manizales”. El final del texto transcribe una declaración de Castella: “Vuelvo porque soy animalista. Todos los toreros lo somos. Desde niños se nos enseña a respetar al animal. A diario estamos en contacto continuo con el toro, lo vemos nacer, crecer y aprendemos de ellos; conocemos sus instintos, su carácter. Es imposible ser torero sin amar al toro”. El último párrafo señala: “La otra guerra que Castella está dispuesto a librar es la defensa de su profesión, atacada por partidos políticos animalistas que en Colombia están a cuestión de meses de darle la puntilla al toro bravo en el país. ¿Será esta la reaparición de Castella en Colombia o su despedida? El Congreso lo decidirá”.
Al respecto, el 29 de diciembre El Espectador publicó en la sección Política, dentro del subtítulo de “Proyectos progresistas”: “Este semestre fue el de las votaciones históricas (…) avanzó la prohibición de las corridas de toros, de Andrea Padilla (Alianza Verde)”. De tal manera, el espectáculo de la tauromaquia puede interpretarse en forma ambivalente: la crueldad pública de un espectáculo con toros de lidia vs. la confrontación artística entre un ejemplar genéticamente apto para ello, enfrentado a muerte con un lidiador profesional que supuestamente termina venciéndolo.
Como exaficionado a las corridas, en una columna publicada el pasado 2 de febrero en El Espectador afirmaba: “Hay diversas razas de toros de lidia, que viven alrededor de cuatro años en libertad, en ambientes naturales de amplias extensiones. Su instinto es encontrar un rival para luchar, que en este caso son toreros profesionales. Cuando sale de su entorno natural, al igual que sus congéneres sufre de estrés. En la lidia en plazas de toros encuentra su razón de ser y expone toda su fortaleza y energía. En la parte final de la lidia, su dolor físico es superado por su instinto natural de sostener el ataque y su final es breve. Frente a ello, la corta vida de los toros para consumo de carne, que sufren más de un día mientras son sacrificados, en ambientes cerrados con olor a sangre que aumenta su estrés, el «sufrimiento» del toro de lidia es casi inexistente”.
“Con tales argumentos a favor, los planteamientos de «animalistas» (entre comillas, pues no son mayoría) en general son los siguientes: el sufrimiento de los toros de lidia, frente a un público que lo disfruta de manera absurda, es inaceptable. Las faenas de los toreros los ponen en desventaja desde sus inicios y –casi siempre– la incapacidad natural de vencer a su rival aumenta sus sufrimientos. Estos alcanzan un punto alto al ser heridos mediante banderillas a los lados del lomo y picas ejecutadas por un jinete acorazado y armado de una larga vara cuya punta metálica y afilada es sostenida frente a la parte alta del lomo del animal, cuya fuerza hace que penetre más, causando mayor dolor mientras mantiene la embestida hasta que sale por uno de los lados. Luego de recibir las heridas mortales del torero –armado de un estoque o espada–, el dolor se hace «eterno» mientras permanece herido, a tal punto que con frecuencia –una vez se echa– tienen que causarle la muerte con una «puntilla» (puñal corto) en la nuca”.
“Si esos «animalistas» conocieran los pésimos ambientes de crecimiento y engorde de muchas especies de animales con que cuenta por millones la humanidad para satisfacer el consumo de carnes y las torturas que experimentan casi todos ellos al morir, tendrían mucho para meditar frente al «sufrimiento» de los toros de lidia”.