Pazaporte

El verdadero valor

Gloria Arias Nieto
26 de febrero de 2019 – 02:30 a. m.

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Vivimos en una democracia relativa, parcialmente castrada por el miedo a los extremos. Y siento que no se debería ir por la vida así, de espanto en espanto, creyendo que el mundo es una tabla plana y que el abismo son los adversarios, y no nosotros mismos, cuando nos creemos los virtuosos del libreto.

No es muy sabio un presidente que equipara el viernes, en la frontera, con la caída del muro de Berlín; ni son acertadas las intervenciones del ministro de los comerciantes —perdón, ministro de la Defensa—, el regreso a la época de los cooperantes y la ciudadanía disfrazada de adalides de la justicia. En otra escala, indigna el cobarde autoritarismo que maltrata a los vendedores callejeros y, como acto soberano, riega de Clorox la comida, y de hambre el sustento.

A nuestros gobernantes les ha costado entender que, si bien son atroces las violaciones a los derechos humanos al otro lado de la frontera, nuestras pobrezas locales y nuestros líderes sociales asesinados son menos mediáticos, pero también son tragedia.

Me duele una Colombia acostumbrada al matoneo físico y verbal, a los rabos de paja y a la versión facilista de “el que no está conmigo, está contra mí”. En las nuevas políticas del viejo medioevo, ser personas de bien nos acredita para andar armados. Punto. ¡Aleluya personal! Como estoy lejos de ser impoluta, me negarán el permiso, que jamás pediré, de clavarle a alguien una bala en el corazón.

Vivimos en un hermoso país, pero tan insólito, que se asustó con la paz y se acostumbró a zapatear descalzo como grito de autoridad. Satanizamos la dosis personal, demolemos el Mónaco y nos hacemos los de la vista gorda frente a la amalgama de corrupción, mafia y política que nos permeó los huesos del poder.

Gran parte del músculo político está lleno de triple moral, de mordazas y discursos de odio. Por eso Humberto de la Calle no ganó la Presidencia. Lo suyo no es odiar sino construir. No es segregar sino incluir. Él sabe que tener la conciencia estable no implica partir el mundo entre fanáticos y adversarios, entre idiotas útiles y líderes redentores.

Sabe que el verdadero valor no está en los fortines de sangre y fuego, sino en la capacidad de tejer empatía, como única y compleja curación humana.

En su libro, Revelaciones al final de una guerra, queda claro que hacer concesiones no es acto de debilidad, sino de grandeza; y aprender a ceder —en aras a ponerle punto final a un conflicto crónico y devastador— era más difícil, más noble y productivo, que aferrarse con terquedad a la mentira de una única verdad.

El libro narra los riesgos del proceso y las miserias de la violencia, las bondades de la paz y la profunda complejidad del camino. No descalifica al adversario, no lo menosprecia ni lo humilla. Y al darle a la contraparte el estatus de interlocutor válido, el diálogo fue posible.

En cada página es evidente que la paz no se hace con el espejo, sino con personas que piensan distinto; unos cometieron actos infames, otros se equivocaron, algunos hicieron lo correcto y miles se perdieron en las fosas comunes, en el desarraigo de ocho millones de víctimas, con el dolor a cuestas.

Revelaciones es un señor libro, reflejo de su autor. Leerlo lleva a comprender (o confirmar) que intentar la paz no vulnera la dignidad, y que perpetuar los ciclos de violencia no es hacer justicia, sino cometer un cruento error.

ariasgloria@hotmail.com

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