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Las ciudades, como las personas, reflejan el ánimo que llevan por dentro. Son la forma palpable de las circunstancias que están viviendo; son piel y madera del dolor y la euforia, de la miseria, la opulencia, la cultura y el vacío. Todo brilla y se opaca según la procesión interior, y quizá por eso, durante el Hay Festival, Cartagena es una ciudad distinta a la ciudad del reinado, a la ciudad de turistas de Borsalino y alforzas. Es distinta a la Cartagena que alberga presidentes y piratas, cirujanos, arquitectos y rockeros.
La Cartagena del Hay es un antídoto contra las derrotas; invita a leer el mundo como si el mundo fuera un sobreviviente hecho de retazos, de jaurías y promesas; de ilusiones y conquistas; de resiliencias inquebrantables.
Se abren con la misma emoción telones de terciopelo, plazas amuralladas y pupitres de escuela; y entonces, uno siente que donde hay cultura hay esperanza, y donde hay esperanza hay futuro. Es como si de repente Colombia retomara lenguajes inteligentes y sensibles, y viera la guerra no como una perspectiva inducida, sino como esa cosa devastadora, que nos pasó por absurdos.
En el Hay, la magia y los testimonios se sientan en las bancas de los parques a conversar con los adolescentes de uniforme y con los viejos de crespos blancos y ojos negros. Y en la madrugada, sin que nadie las vea, la literatura y la historia, la poesía y la denuncia —todas en rebeldía— se escapan de las cajas de cartón, de las mesas de noche y de los marcos de vidrio, y salen en las barcas de leño y pobreza, a buscar el mar y estrenar la aurora.
En distintos idiomas y texturas los expositores hablan de guerras superadas, de soledades que mutaron en amor, de orfandades que los volvieron escritores y de abuelos contadores de cuentos; hablan de la política implacable de las grandes potencias, y de la impotencia intelectual de las dictaduras.
Cada uno busca su versión (¿subversión?) del Festival. A mí me atrapan las imágenes de dolores infinitos y las cicatrices que nos muestran los días y los pueblos en los que empezamos a morirnos. Puedo pasar una y 100 veces frente a las fotografías y la voz de Jesús Abad Colorado, y me sigo preguntando —si los efectos de la guerra son tan claros y tan oscuros— por qué no somos capaces de jurarnos, de una vez y para siempre, que no repetiremos los errores y horrores de la violencia y el olvido.
El Hay impacta y seduce; incita a no desistir en la búsqueda de la paz y vuelve impostergable el derecho a pensar, a disentir y preguntarse. (Verbos maravillosos, en una sociedad atravesada por mentiras y caudillos, por corruptos y humaredas).
¿Por qué y para qué un verso o una bomba atómica? ¿Por qué y para qué el hambre, la traición o el amor? ¿Por qué y para qué esta manía de aferrarnos a rencores estériles, en vez de oxigenarnos con la perspectiva de la reconciliación?
Agradezco que el Hay exista, y que exista en mi país. Nos hace sentir libres de mordazas y desquites, y creer que es posible cambiar el eslogan de “el que la hace, la paga”, por “el que perdona, renace”. Ojalá el Hay durara más; y durara menos la manía de confundir justicia con venganza; y paz con debilidad.
ariasgloria@hotmail.com