Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
“Con la vida no se puede jugar al fracaso”, tuit del historiador Gonzalo Sánchez Gómez, el 21 de abril.
Cuántas víctimas de la inconsciencia y la violencia nos habríamos ahorrado, y cuántas podríamos evitar si gobernantes y gobernados, curas, cirujanos, insurgentes y brigadieres, izáramos esta bandera. Cuánta lógica habríamos respetado y cuántos réquiem dejarían de oírse, si esa fuera la advertencia, el mandamiento interno de cada uno, desde el día cero de nuestro tiempo, hasta que se acabe el último átomo de oxígeno en el cuerpo. En la búsqueda de la paz, en la prevención del delito, en la derrota de la pandemia, en los pabellones de psiquiatría; en todas partes, seríamos otros, si ésta fuera nuestra consigna.
“Con la vida no se puede jugar al fracaso” porque en ese juego perdemos todos, como en la peor versión de una ruleta rusa con el cilindro lleno de balas. De nosotros depende elegir un juego insensible, o valorar la existencia propia y ajena, protegerla, comprenderla, y perdonarla cuantas veces sea necesario.
“Con la vida no se puede jugar al fracaso”, nueve palabras. Nueve meses para que alguien se asome al mundo. Nueve letras tienen Babilonia, laberinto y minotauro. Nueve días tienen las semanas en cuarentena y las misas post-mortem. Todo depende del juego que uno escoja, en qué sueña cuando está despierto y qué hace con la arcilla que tiene entre las manos.
Si me dieran permiso, escribiría esta advertencia con luces de colores en la torre más alta de Colombia; en el capitolio virtual y la Picota real; en los canales de agua y televisión, y en todas las plataformas que la cuarentena convirtió en nuestro segundo hogar.
La vida es un avión en pleno vuelo, y no admite un pulso para echar reverso; el tiempo no viene con borrador incluido, y tenemos que decidir si rescatamos las utopías, o si vamos a permitir que las sigan empujando al precipicio.
Y que la advertencia sirva de salvoconducto allí, aquí, donde la ciencia ficción se volvió espejo y realidad.
Que sea aviso y licencia para que los viejos acaricien cada minuto de su reloj, y los jóvenes aprendan que al futuro hay que imaginarlo, darle forma, textura y sentido.
Finalmente es uno quien escoge si hace algo que valga la pena, o si resuelve que la vida es la cuota inicial de una muerte insalvable.
Para que la empatía pueda más que el egoísmo, lo nuestro debería ser encender velas, no apagarlas; izarlas y navegar; cumplir la palabra y pedir, exigir, que dejen de dispararle a la paz, porque de palomas heridas están llenas las más tristes derrotas del mundo.
“Con la vida no se puede jugar al fracaso”, y mientras unos defienden paz y libertad, aran la tierra y siembran alma y pan, otros -cargados de amenazas y mordazas- los quemadores de libros y esperanzas, los mercenarios de siempre siguen con su discurso de incendiar el mundo porque no les da para más, el arcaico tirano que llevan dentro.
Pero ellos no son todos, y serán más violentos, pero no más fuertes.
Hay que seguir, dijo Gonzalo, el de la mirada profunda.
Es cierto que muchos insisten en llenar de sal las heridas y mantener al día lo que dicte el rencor.
Pero tranquilos, no vamos a jugar al fracaso: todavía queda medio mundo irreductible, dulce, terco y valiente, empeñado en pasar la página del dolor que nos causamos, y mitigar cada una de las cicatrices.