Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
A las 3:30 del sábado 24 de noviembre —tal y como se había programado mucho antes del viaje al infinito— se levantó el telón en el Teatro Colsubsidio Roberto Arias Pérez.
Empezó, entonces, mucho más que un musical de Navidad, un impactante tributo: la máxima expresión de responsabilidad, cariño y gratitud de 73 actores, cantantes y bailarines; a ellos, y a miles de pequeños grandes artistas que aprendieron a ver el mundo con ojos distintos, Misi les enseñó el valor del arte escénico y el valor de asumir compromisos y cumplirlos a pesar de la tristeza y la ausencia. El valor de ser profesionales siendo niños y de inspirar a los niños, siendo adultos. El valor de saber que el arte transforma, cura y ennoblece. El valor de comprender que la muerte de un ser que vivió para iluminar la vida de otros no será nunca un punto final.
Esa primera función —a las 15 horas del vuelo de Misi al Cielo— fue una lección para admirar, agradecer y multiplicar. En una sociedad que frecuentemente se desintegra entre pretextos y excusas, y el miedo y las líneas de menor resistencia paralizan voluntades y cortan las alas, es más que meritoria la capacidad de entrega del grupo creado y dirigido por Misi. Eso es inspiración. Eso es tener palabra, amar lo que se hace y honrar los pactos y la memoria. En un grupo de adultos, sería suficientemente encomiable. En un grupo de niños, genera la más conmovedora y fuerte admiración.
Misi debe estar muy feliz viendo desde arriba esta dulce fortaleza que desarrolló en sus discípulos. Viendo a Carlota, su “hadita de luz” con un talento escénico absolutamente extraordinario, un corazón repleto de ternura y una vocación a prueba de las más profundas tristezas.
Debe estar muy feliz, oyendo los aplausos de miles y miles de personas que esperan 11 meses que llegue diciembre y Juan Navidad les prenda las luces de la ilusión.
Frente a algunas cosas, tuvimos ópticas distintas; pero siempre respeté y admiré su incansable capacidad de logro, de convocatoria, su don para lograr imposibles.
Cuando todas las recesiones y las empresas no daban un peso para nada que no fuera estrictamente imprescindible; cuando estallaban las bombas de la violencia; cuando el país se desmenuzaba entristecido, ella conseguía lo impensable y hacía realidad el sueño. Quienes hemos hecho algo que implique convocar a otros, sabemos lo que significa trabajar para convencer, y convencer para generar cosas positivas.
No sé cómo les habrá enseñado a sus alumnos la clave de sol, pero siento que les enseñó a crecer en clave de vida; les enseñó a conocerse, a ser, a construirse sin darse por vencidos. Y eso es lo más grandioso que uno puede recibir de un maestro.
Sé que sus niños, al haber tenido la bendición de tomar el arte en serio, encontrarán siempre muchas más opciones para salvarse de las derrotas; muchos más colores en sus cajas de lápices; muchas más flores creciendo entre las piedras y más —muchas más— posibilidades de expresarse, de no quedarse callados, ni solos, ni tristes, en un mundo complejo, ávido de abrazos y esperanzas.
Buen viaje, Misi. ¡Gracias por cada ser humano que hiciste más humano y más feliz! Que nunca falten los cascabeles en tu trineo y que la voz de tus niños se siga oyendo, siempre, como un puente de luz entre la tierra y el cielo.