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Hoy hace tres años y tres días, Carlos Gaviria se fue a vivir a las estrellas. Él me enseñó a creer en un país distinto: uno que se conduce a sí mismo por conciencia y no por miedo; que reconoce más grandeza en la diferencia, que en la uniformidad; en la libertad y la cultura, que en la cadena perpetua de la ignorancia inducida por los déspotas. Un país en el que los derechos humanos no dependen del caudillo de turno; y convicción y disenso logran más que soborno y fanatismo.
Él me enseñó que la confianza es un honor que se gana, un tributo a la verdad y un material imprescindible en la construcción de una sociedad transparente y posible.
Cuántas veces he querido preguntarle cómo romper el hechizo que tiene a nuestro país aturdido por el enfrentamiento entre dos extremos, tan opuestos y dañinos, que se parecen y se tocan en el autoritarismo y la falacia.
Preguntarle qué deberíamos hacer para que la gente no le tema a la paz ni a sus consecuencias, y comprenda que Colombia se merece la oportunidad de cumplir la palabra y no volver a caer en las trampas de la violencia.
Pero él no está. Siento tristeza, vacío y también urgencia.
Duele que tan pocos ejerzan una política orientada a la búsqueda del bien común, a la defensa de los más vulnerables y a esa inclusión que tanto asusta a los autodenominados impolutos.
Es inverosímil que quienes ejercen un valor libertario, limpio y genuino —desprovisto de bravuconería y mezquindad—, no sobresalen en la intención de voto: parece que más atraen la demagogia, los agravios impunes y los amancebamientos con la corrupción.
¿Qué haremos para que ese país que Gaviria me enseñó a imaginar sea posible? Sería un país digno y empático, que prefiere el perdón a la venganza y asume los errores cometidos como un eslabón para ser mejores, y no como una araña muerta, que se esconde bajo la alfombra. Un país con la memoria herida por la guerra, pero dispuesto a reconocerse, pasar la página y no ahogarse en la victimización forzada.
Muchos no estamos dispuestos a hundirnos en las obsesiones de los falsos mesías; no queremos más resentimientos, ni más títeres y titiriteros asustándonos como si Colombia fuera el gran cuarto oscuro de María Mandunga. No más amenazas desfigurando la democracia. No más engaños de pacotilla ni encantadores de electores hipnotizados.
Nos importa en serio cada muerto menos y cada arma depuesta; cada emboscada que no se hizo y cada cama vacía en los hospitales de guerra.
¡No pueden volverse trizas o neblina la JEP, los acuerdos de paz y la confianza!
Pero nos cogió la noche divididos, y mientras se resuelven consultas jurídicas sobre la única alianza que podría reanimar el futuro, los extremos siguen con su aire triunfalista, celebrando cada uno, la amnesia de sus adeptos. Las urnas ya demostraron que el fantasma de un Congreso dominado por el partido de las Farc era otra mentira. Pero eso pasó desapercibido… así ya como tantos olvidaron las atrocidades, desapariciones y negociados cometidos al amparo —o batuta— del gobierno del innombrable; y otros parecen no recordar cuál fue uno de los peores, más nefastos y ególatras alcaldes de Bogotá.
Hace tres años y tres días se apagó un faro. La esperanza está en vilo, pero el sueño sigue vivo. El reto irrenunciable es volverlo realidad.