Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Una sociedad naufraga cuando se le acaban los antídotos contra la inercia. Cuando se acostumbra a prácticas tan nocivas como la esclavitud y la corrupción, la intimidación, la farsa o la idiotez. Naufraga cuando pierde la capacidad de pensar a largo plazo y la enceguece la inquisición. Cuando asume la derrota como una rutina y se deja llevar por quienes creen que, ante las balas, más balas, como único lenguaje común a todas las esquinas de la violencia. Naufraga cuando le empieza a parecer normal que los pactos y el Estado de derecho se cumplan o incumplan, a capricho del mejor postor.
También los seres humanos podemos naufragar: cuando la tristeza nos invade el alma; cuando nos revictimiza el dolor que sentimos porque alguien se fue. Le tengo miedo a esos abismos que paralizan y van matando de a poquitos. Hace unas horas, antes de enfrentarme al portátil con su pantalla en blanco, pensé que no sería capaz de escribir la columna de hoy. Tengo —tenemos— un dolor familiar inmenso, reciente y profundo que, como todos los dolores verdaderos, será irreversible. Estuve a punto de caer en la trampa de la melancolía, y más que una confesión personal, es una alerta temprana que quizá pueda servirle a alguien.
He ido aprendiendo que el mejor homenaje que puede hacerse a quienes emprendieron viajes eternos es honrar su vida con la nuestra; demostrarles que sí nos enseñaron a rescatar felicidades, a navegar con el viento en contra y a reconstruirnos a partir de la ausencia.
Al entrañable viajero del 4 de marzo, le debo todo eso y una infinita “siempretud”, por el despertar, por nuestra bebé chiquitita, por la sublime bendición de Nana y Pote, ¡y por mucho más de media vida! Descansa en paz. Ama en paz.
Punto, casi aparte, para decir que, en ese mismo orden de ideas, abrazo algo que leí en el periódico más valiente de Colombia: el 22 de marzo, El Espectador le rendirá un homenaje a la resiliencia. #SeguimosAdelante. Exactamente eso mismo me dijo un hermano de Guillermo Cano, la horrible noche del 17 de diciembre de 1986, en la clínica de la Caja Nacional de Previsión: “Guiller acaba de morir, pero seguimos adelante”. Y así ha sido desde siempre. En 132 años no ha habido asesinato, bomba, incendio, quiebra, ni infamia humana, política o económica que haya vencido a El Espectador, ni que le haya hecho vender la conciencia.
Como personas y como sociedad, #SeguimosAdelante… así se nos hayan muerto pedazos de corazón y capítulos enteros de la vida; así haya quienes pretendan coger a patadas la paz, destruir confianzas y abrir la compuerta para que la violencia armada vuelva a pasearse por Colombia como un Goliat ebrio y empedernido. #SeguimosAdelante hasta que quienes deban entender entiendan que pueden decretar lícito un veneno, pero no por ello dejará de ser éticamente aterrador; y que no tiene sentido pregonar justicia, si el precio es volver a esa máxima injusticia llamada guerra. #SeguimosAdelante porque tenemos un país que ha sufrido desde adentro y está dispuesto a defender esa paz imperfecta que nos ahorró más de 3.000 muertos.
#SeguimosAdelante por los afectos, por la vida, por las personas y las causas en las que creemos; las que nos han enseñado a ser lo que somos, y a amar sin claudicar.