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Rechazo todo tipo de violencia contra cualquier candidato. Ni en mi peor pesadilla votaría por Petro, Uribe o Rodrigo Londoño, pero es mandatorio garantizarles protección y seguridad. El Gobierno tiene que ser consciente de esta obligación, y no puede hacer la misma nada que ha hecho frente a los 282 homicidios cometidos contra líderes sociales entre el 1º enero de 2016 y el 27 febrero de 2018 (Indepaz).
Dicho esto, empecemos: la democracia no es gratis ni perfecta. Es el esquema político más valioso, y el más añorado por las víctimas de las dictaduras; como tiene sus puntos débiles, hay que cuidarla de los vándalos electorales, de los caciques y de quienes se dejan feriar la conciencia; exige inteligencia colectiva, dignidad y empatía; más empoderamiento de la sociedad; compromiso con el bien común y claridad sobre el desastre de endiosar caudillos y culebreros.
En medio de polarizaciones, debacles y esperanzas, llegarán a las mesas de votación —como siempre y sin escrúpulos— buses cargados de borregos con cédula, ingenuos manoseados por la promesa de un mercado o la amenaza de la condena eterna. Llegarán también los estudiantes, incansables defensores de la convicción y la confianza; trabajadores y desempleados; seguidores de trapos de todos los colores; muchos votaremos por responsabilidad y porque nos repugna la sola idea de una dictadura —del dolor y doctrina que sea—. Votarán albañiles, banqueros, campesinos y poetas. Señoras repipis en pánico por el extinto comunismo. Víctimas de todas las orillas, delincuentes activos y victimarios arrepentidos. No es un reality: es la democracia que se cultiva entre las montañas y Macondo.
Se abstendrán los sin vergüenza, los despechados porque el país los abandonó, los crónicamente escépticos y cansados. Se abstendrá el porcentaje de país acostumbrado a la apatía, al conformismo y a la planitud del espíritu. Quizá no recuerdan los abstencionistas que los elegidos tendrán la responsabilidad de proponer y aprobar leyes, participar en la elección de procurador y magistrados; y hacerle control político al Gobierno. No es trivial la tarea.
El 11 de marzo votaré para la Cámara por Juanita Goebertus (#110), abogada y politóloga convencida del valor del diálogo, el poder de la concertación y la necesidad de tender puentes conceptuales. Promete trabajar por la seguridad ciudadana y la desintegración de bandas criminales. Que Sergio Jaramillo la haya tenido durante tantos años de pupila y coequipera me da una excelente señal. Me encanta su tendencia a la empatía, su mirada limpia y que no ofrece milagros.
Para el Senado votaré por Mockus (#1). Sí, ya sé… no importa: me basta saber que fue él quien nos inculcó temas de cultura ciudadana. Me gusta que llegue al Congreso un intelectual sin filtro, un maestro, un hombre extraño y plural, para quien violencia equivale a fracaso.
En mayo votaré por De la Calle: más que en los partidos, creo en la gente; en su coherencia cotidiana y en los caminos labrados. Siento que @DeLaCalleHum, @JuanitaG110 y @AntanasMockus coinciden en lo fundamental: vocación de paz, gobernabilidad honesta y consolidación de una sociedad sin miedo. Por eso votaré por ellos.
Lo invito a pensar en positivo y votar por una Colombia reconciliable.