Publicidad

Democracia y desigualdad económica

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

No es posible aceptar altos niveles de desigualdad económica y al mismo tiempo declararse defensor de la democracia.

Son muchas las maneras de interpretar el concepto de democracia, incluyendo las más cínicas. Pero detrás de su defensa generalizada, está siempre la idea de que el pueblo ejerce el poder.

Todos somos pueblo, todos decidimos nuestro destino. ¿Cómo no va a ser este, entonces, el mejor tipo de gobierno? O mejor: “la peor forma de gobierno excepto por todas las otras formas”.

En fin, “una persona, un voto” se convierte en un claro ejemplo de lo que entendemos en las calles por principios democráticos. La frase tiene, en realidad, un aire de justicia infalible. Y es entendible que en caso de no querer defender la democracia, incluso los escépticos prefieran no atacarla.

Paradójicamente, algunos de los más destacados y vehementes defensores de la democracia son los mismos que minan las ideas del Estado de bienestar. Defienden una extraña justicia social en la que el statu quo es justificado porque a cada individuo le correspondió lo que se merecía.

De esta manera, hacen la vista gorda frente a la desigualdad. Izan juntas las banderas de la democracia y la libertad, y aunque de vez en cuando se escandalizan, se rehúsan a ver el problema de la desigualdad como algo estructural que carcome las bases de la democracia que defienden.

En una sociedad donde las fuerzas económicas de sus ciudadanos están demasiado desequilibradas, ¿es en serio posible que las fuerzas políticas no lo estén para poder hablar así de “una persona, un voto”?

Los más fuertes económicamente, las élites económicas, financian las campañas políticas, cabildean ante el congreso, pueden pasar leyes para su conveniencia, pueden bloquear a los organismos regulatorios e influyen en los medios de comunicación. ¿Una persona, un voto?

Esto es lo de fondo, no la preocupación reciente por el salario de los congresistas, quizás el menor de los costos de esta alianza entre lo económico y lo político.

Nadie niega que un poco de desigualdad de ingresos puede incentivar a los emprendedores. Sin embargo, Colombia es una de las sociedades más desiguales del mundo. El beneficio de reducir la desigualdad de ingreso, en países como Colombia, es particularmente alto: nos democratiza.

Adam Smith nos presentó una mano invisible que nos invita a ser optimistas acerca de la economía de libre mercado. Pero cuando pocos se llevan mucho, la libre competencia es menos probable.

Aparece entonces otra mano, a veces invisible también, que sostiene una sociedad demasiado desigual en lo económico y que se parece más a una plutocracia que a una democracia.  Y, así, son especialmente los adinerados los que influyen en las decisiones de gobierno, no el pueblo.

El autor es el Director del Departamento de Economía de la Universidad Javeriana.

Conoce más

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido