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Lo que vendrá después de la firma del acuerdo es incierto. Ante tal misterio, el Sí ofrece un sueño y tiene un acuerdo en las manos. La campaña por el No dice que el Sí lleva a una pesadilla, nada más.
En columnas anteriores me he sumado a aquellos que defienden la idea de que los beneficios del acuerdo parecen exceder los costos con ventaja clara. Aunque insuficiente, la firma de los acuerdos es una condición necesaria para construir la paz. El conflicto con las Farc deja ahora de ser excusa para no solucionar los detonantes de la guerra: pobreza, desigualdad y abandono estatal. Aunque incompleta, con el ELN por fuera, el paso de las Farc a la vida civil es un avance innegable; fue anhelado por todos los gobiernos. Aunque imperfecta, cuenta con el apoyo de representantes de grupos diversos de la sociedad, entre ellos unos con gran autoridad moral: las víctimas.
En relación con los temas económicos grandes que aparecen en los acuerdos, especialmente en la sección de la Reforma Rural Integral, he manifestado que enfatizar el rol de la economía solidaria y campesina, al menos como parte de la visión de Estado, suena razonable, sensato, con el fin de tener comunidades campesinas productivas y autónomas; es decir, que no dependan de las élites rurales tradicionales para tener proyectos rentables y sostenibles. Los campesinos han tenido poco para escapar de sus trampas de pobreza. Esta puede ser una oportunidad.
Es cierto que los detalles de la implementación de esa economía solidaria faltan. Pero no por eso la visión es ilógica. ¿Cuál es el problema con aceptar que a veces los mercados funcionan bien, que a veces el sector público puede funcionar mejor que los mercados, o que las economías a nivel comunitario pueden, en ciertas situaciones, ser más eficientes que las dos anteriores?
En términos de la reconstrucción institucional de nuestro Estado, el Sí también me suena. Todo pasa primero por la reconstrucción del tejido social, por la “recuperación” de rasgos como la confianza, la solidaridad y una generosidad recíproca puestos al servicio de la sociedad. El miedo de la guerra solo nos deja la reciprocidad del castigo de la Ley del Talión: la retaliación. Difícil construir una sociedad así.
Sin embargo, a pocos días del plebiscito intento poner a prueba tales convicciones. Miro la propaganda del No “La Verdad Oculta del Plebiscito de Santos y las Farc” y me encuentro, por ejemplo, con que “el plebiscito crea el riesgo de que vivamos la misma tragedia de Venezuela”. No es fácil tomar esta afirmación en serio. No nos dicen cómo los acuerdos nos llevarán a un desplome de los precios del petróleo, tasas de cambio múltiples, monetización del gasto público e hiperinflación. Asumo entonces que tiene que ver con otra afirmación de esa propaganda: “Santos y las Farc pretenden con el plebiscito aceptar que quienes han respaldado estos acuerdos sean los mismos que destruyeron y llevaron a la misma tragedia a Cuba y Venezuela”. Esto es tan absurdo como decir que con el Sí corremos el riesgo de terminar como Noruega.
El autor es el Director del Departamento de Economía de la Universidad Javeriana