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En una columna reciente en El Espectador, cuestioné algunos de los argumentos de Jorge Humberto Botero, presidente de Fasecolda, que justifican la venta de Ecopetrol. Los puntos claves de mi crítica fueron dos. Primero, que la propuesta ocultaba su verdadera razón: darle nuevos recursos al gobierno del presidente Duque, para así soltarle un poco las cuerdas apretadas de la restricción fiscal con las que está amarrado. Y, segundo, que son flojas las razones para presentar la privatización como una medida eficiente, de astucia ganadora, en la que el Estado vende oropel a precio de oro. La verdad es que siempre que se adelanta la venta de algún activo público, nos dicen que toca venderlo ya porque es más valioso hoy que mañana. ¿Son entonces unos desinformados los inversionistas que deciden comprarlo? ¿Caen acaso rendidos ante el encanto de un vendedor culebrero?
En el marco de la polémica sobre la propuesta de Botero, un artículo reciente de la revista Dinero, “¿Iguana en venta?”, destaca algunos de los puntos a favor y en contra. Me sorprendieron un par de comentarios que respaldan la privatización de la empresa estatal de mayor valor patrimonial contable. Generan más dudas que certeza.
Dice el artículo que los recursos de la venta no serían dirigidos a la capitalización de la Financiera de Desarrollo Nacional —para financiar vías—, sino que se dejarían en un fondo en el exterior administrado por el Banco de la República, y que el fondo compensaría los ingresos derivados de los dividendos de Ecopetrol que la Nación sacrificaría con la venta de la empresa. ¿Un fondo en el exterior es acaso garantía de buenos retornos para esos recursos?, ¿retornos tan altos como los dividendos actuales? ¿La rentabilidad de ese fondo excedería los retornos asociados a los cambios en productividad propiciados por una mejor infraestructura vial, mejor infraestructura portuaria o cualquier otro bien público capaz de mejorar la competitividad del país? Nos tienen que mostrar esas cuentas. De paso, podríamos tal vez iniciar un debate sobre la rentabilidad de las reservas internacionales que se encuentran en portafolios en el exterior. Si resulta que las ganancias de esos fondos son tan buenas, los posibles compradores de Ecopetrol podrían preferir poner la plata en un fondo parecido, en lugar de comprar la empresa.
Dice también el artículo: “Después del décimo año, los nuevos dueños de Ecopetrol podrían pagar impuestos más altos como consecuencia de unas mejores utilidades que le dejarían a la empresa las mayores inversiones, pues cabe recordar que la petrolera tiene un límite máximo de inversiones anuales por tratarse de una estatal”. ¿Qué? ¿Están entonces reconociendo que nos encontramos por debajo del nivel óptimo de inversiones y que, en lugar de arreglarlo, vendemos la empresa para que otros la hagan más eficiente? ¿Les estamos anunciando a los posibles compradores, además, que les cambiaremos las reglas de juego y les cobraremos más impuestos en el futuro? O, una vez más, ¿estamos ante unos compradores ingenuos que no calculan las utilidades luego de descontar impuestos y que se dejan engañar por el vendedor culebrero?
Nada de esto tiene mucho sentido.
* Profesor asociado de Economía y director de Investigación de la Pontificia Universidad Javeriana (http://www.javeriana.edu.co/blogs/gonzalohernandez/).