Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Hay un lugar de Colombia donde las palabras que más se mencionan estos días son tensión, desabastecimiento, contrabando, inconformismo, enemistad, desalojo, desplazamiento, atropello, abuso.
Ocurre principalmente en Cúcuta, ciudad fronteriza con Venezuela, donde, además, se perciben otras: desesperanza, angustia, rabia, impotencia. Basta mirar los rostros contraídos de niños y adultos en las vías de paso fronterizo, quienes, como pichones hambrientos, esperan que alguien llegue a calmarles una angustia, un abandono que se acumula desde hace días. Pero no llega.
El nombre de San José de Cúcuta se asocia desde hace mucho a palabras como contrabando, desempleo, evasión, paso de criminales de un lado o del otro, líos diplomáticos. Pocas veces se asocia con su calidez, en cuanto a la temperatura, pero también a la amabilidad de sus gentes, a sus alamedas verdes que se resisten a sucumbir a los erosionadores vientos o a la amplia historia y tradición de estas tierras que fueron tan importantes a la hora de cimentar las bases de esta República que tiene ya 200 años largos.
A un par de kilómetros de la azarosa frontera, en la misma ciudad, hay una realidad que les apuesta a otros lenguajes. Durante esta semana se realiza la decimoprimera Fiesta del Libro de Cúcuta, que con el eslogan de “Literatura viva y en contexto”, y para homenajear la vida y obra del escritor Miguel Méndez Camacho, busca que la ciudad pronuncie y memorice otras palabras.
Pero no son sólo libros. Es realmente una fiesta: en ella hay talleres de escritura, conversatorios, cine, conciertos con grupos de música tradicional y otros modernos, capacitaciones para los bibliotecarios de los casi 50 municipios de Norte de Santander, recitales de poesía, charlas sobre cuento, novela, periodismo, memoria, posconflicto… En fin, todo lo que pueda ayudar a ir cambiando el imaginario que se tiene sobre esta ciudad, que, en tanto fronteriza, es un poro que posibilita el cruce de lo bueno y lo no tanto de ambos pueblos.
La Fiesta del Libro de Cúcuta comenzó con un evento de un día en el año 2003. Sin embargo, la Corporación Cultural Biblioteca Julio Pérez Herrera, organizadora de la misma, ha querido trascender la misión de promocionar la lectura y busca enriquecer la conciencia de los cucuteños, trascender su idea de que todo allí es comercio, y para ello ha buscado llevar pensadores, autores, artistas que inviten a la reflexión sobre lo que está ocurriendo en el país y en el mundo. Y a fe que lo han venido logrando. Por la misma han pasado Fernando Vallejo, Antonio Caballero, Daniel Samper Pizano, y otros. En esta versión hacen parte de la programación Pablo Montoya, reciente ganador del Rómulo Gallegos, Hernán Peláez Restrepo, Alberto Donadío, Nicolás Montero, Santiago Gamboa, y un largo etcétera de interesantes invitados.
Y toda esta fiesta de encuentro en torno a la palabra ocurre en un bello espacio: una ampulosa y elegante edificación donde antes existiera un hospital y ahora, restaurada y declarada Patrimonio de la Nación, es sede de la biblioteca Julio Pérez. Donde antes se buscara la cura para el cuerpo ahora se encuentra la cura para el alma, o al menos para hacer más agradable este paso por la vida.
La tensión en la frontera ha bajado un poco el entusiasmo, y sin embargo ha habido público en todos los eventos: llegan los amantes de los libros que, a decir de los organizadores, son menos que en el promedio nacional, pero también llegan curiosos que nunca leen y estudiantes de colegios y universidades. Además, la biblioteca no está de espaldas a la situación de los miles de desplazados y estos días han llevado diversión y esparcimiento a los albergues.
Tanto para decir de esta fiesta. Por ejemplo, la labor de convocar a las otras bibliotecas municipales de Norte de Santander e irradiarles el amor por la lectura, y eso ya es mucho. El grupo que organiza esta fiesta, coordinado por Julio César García-Herreros, director hace 14 años de la corporación, es digno de elogio: porque liderar una fiesta del libro en ciudades como Bogotá o Medellín, donde hay presupuestos generosos y son enclaves de grandes empresas, vaya y venga. Pero lograrlo en una ciudad golpeada por el desempleo y la desesperanza sí que es meritorio. Vaya para las autoridades nortesantandereanas y el equipo organizador un abrazo solidario. Gentes como estas a veces hacen creer que en Colombia sí hay posibilidades de un futuro.