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Horacio no llegó al Palacio

Guillermo Zuluaga
02 de noviembre de 2020 – 10:00 p. m.

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“Suelo ser el próximo presidente”. Así se presentaba, con algo de humor negro e ironía, Al Gore, exvicepresidente de Estados Unidos. Quizá la frase también se ajuste a Horacio Serpa. Porque tanto como lo fuera en el Partido Conservador Álvaro Gómez Hurtado, lo de Serpa Uribe también fue la presidencia siempre aplazada.

De Horacio Serpa Uribe comenzamos a saber muchos a finales de los años 80: su nombre siempre sonaba en los grandes encargos de la vida nacional, y a mediados de los 90 se hizo célebre como escudero del gobierno de Ernesto Samper. Y quizá, tanto como el buen humor del presidente, el talante conciliador, mamagallista a veces, de Serpa (manzanillo, dirán sus detractores) fue el responsable de que un gobierno cuestionado por muchos y con suficientes enemigos no cayera.

Ese talante amable, cercano, y esa capacidad expresiva llena de figuras literarias, de frases del argot popular, fueron encumbrándolo como el seguro sucesor de Samper Pizano. Méritos tenía de sobra, y muchos de mi generación veíamos en Serpa un muy buen candidato para la Presidencia y nos gustaba a veces repetir con algunos compañeros universitarios su frase de campaña —o de batalla—: “Con Horacio al Palacio”.

Serpa se ganaba la simpatía de tantos, entre otros asuntos, por algo poco usual en el ser humano: la lealtad a prueba. “Mamola” era la expresión con la cual respondía cuando alguien le preguntaba para cuándo la renuncia de Samper. Además de esto, Serpa era sagaz y logró atajar a enemigos, “conspiretas” que buscaban por todos los medios la caída del, para ellos, cuestionado presidente. Algo adicional lo acercaba a uno a ese candidato: rara vez se veía desencajado o tratando mal a alguno de sus contrincantes.

Claro, habrá quienes digan que esa lealtad era una carga de cinismo, pero quiero quedarme con aquella escasa cualidad.

Porque además, cuando se empezaba a conocer su origen humilde allá en Barrancabermeja, logró que muchos también venidos desde muy abajo tuviéramos más razones para empatizar con el hombre del mostacho como brocha vieja. Mientras al frente de su aspiración en 1998 había un tipo cuyo mayor mérito era ser presentador de televisión e hijo de expresidente, que por ello tenía la Casa de Nariño asegurada, en Serpa Uribe teníamos a un hombre que había escalado poco a poco, desde juez municipal, todos los peldaños habidos y por haber en el sector público.

Por esas paradojas del destino, un hombre de extracción humilde y de talante progresista, que no era miembro de las oligarquías tradicionales de Colombia, no llegó a ser presidente porque las Farc, que se decían atacaban esa oligarquía, prefirieron el periódico de la oligarquía, para fotografiarse con el candidato de la oligarquía, prometiendo un proceso de paz que ya sabemos en qué silla vacía terminó.

Pero más allá de la anécdota de la fotografía y de esa silla de plástico vacía, Serpa Uribe no fue presidente porque le cobraron el desgaste del Partido Liberal. Porque no solo era el Proceso 8.000. También venía el de Barco, quien no gobernó con los conservadores y de quien se dice no gobernaba; el de Gaviria y su apertura económica, y los Pepes y su Catedral, y luego los vicios ya sabidos de Samper, a quien nunca le creyeron que habían sido “a sus espaldas”. Serpa pagó los platos rotos de tres períodos al hilo, con todos los defectos que pueda tener esa falta de alternancia en el poder.

En mayo del año pasado, como parte de un perfil que andaba escribiendo sobre Bernardo Guerra Serna, le pedí una cita para conversar sobre este dirigente liberal. Pese a que ya padecía algunos quebrantos de salud y estaba “en sus cuarteles de invierno”, me atendió amable en su casa del barrio Rosales en Bogotá. Hablamos del tema propuesto, claro, pero ante la posibilidad de conocer un poco más de historia política le pregunté otros asuntos: y entonces supe de sus inicios en el MRL de López Michelsen, luego de la fundación de su FILA, (Frente de Izquierda Liberal Auténtico), que lo llevó al Congreso en la década del 70. Y claro, me contó sobre Poder Popular, ese grupo donde confluyó con otros dirigentes regionales, liderado por Ernesto Samper Pizano. Cuando me habló de algunos miembros de ese PP, como Aurelio Iragorri y el “más pilo de todos”, Álvaro Uribe Vélez, entendí por qué a pesar de sus discrepancias con este sus vidas se encontraban mucho en el camino. “Yo ataco o cuestiono al Centro Democrático, a Uribe nunca, ni él a mí, porque nos une una vieja amistad”.

(Reparé en sus muy largas manos y hablamos de sus tiempos como jugador de basquetbol, que sería lo que le abrió las puertas de la universidad en Barranquilla, donde de paso conoció a Rosita, su Rosita de siempre).

En esa conversación hablamos de la salida negociada al conflicto que siempre defendió —y que lo separó de viejos amigos—. Le pregunté —cómo no hacerlo— si se sentía frustrado por no ser presidente. Su respuesta hubo de sorprenderme: “Después de haber podido ser bachiller, todo para mí ha sido ganancia”, me dijo en alusión a que si no es por una beca ni bachiller hubiera sido.

Solo una inquietud nunca resolví: por qué le aceptó la embajada en la OEA a Álvaro Uribe. Quizá me hubiera respondido con aquello de la amistad, o que había que servirle a la patria (los políticos casi siempre tienen la respuesta hecha). Lo cierto es que ese encargo, en el gobierno de la Seguridad Democrática, borró un poco esa coherencia y esa línea social demócrata que siempre defendió.

Como anécdota de esa visita, estuve acompañado de una amiga, bastante cercana al partido del expresidente Uribe y quien al principio estaba prevenida para hablar con ese viejo zorro del liberalismo. Sin embargo, luego se hizo media docena de fotos con Serpa, y al salir de la residencia se despachó en elogios y me agradeció por llevarla a conversar con un “señor tan agradable y respetuoso”.

También salí contento de esa conversación, pues refresqué mi admiración por Serpa. Por mi mente pasaba el entusiasmo para votar por él a la Presidencia en 1998 y la llorada en esa noche de domingo cuando perdió. En 2002 no voté por él en primera vuelta y tenía la esperanza de que en segunda lo haría. No hubo tal. Ya para 2006, tanto él como el liberalismo habían perdido un poco el fervor y Carlos Gaviria se quedó con muchos de sus votos y seguidores, entre los que me cuento. Después dio otra batalla por ser gobernador de su Santander y fue un buen gobernador; luego lideró una lista al Congreso que buscaba reanimar al moribundo partido, su Partido Liberal, y dio la pelea. Desde hace un tiempo venía librando una batalla ya personal. Y este hombre de mil batallas perdió definitivamente su última lucha. Horacio no llegó al Palacio, como tantos quisimos. Su muerte también es un poco símbolo de la estocada a un partido que no ha sido capaz de reencontrarse con sus orígenes y sus luchas genuinas.

Murió Serpa, el último caudillo liberal, y muchos seguimos esperando por un presidente progresista, o al menos por un candidato como él, que de verdad al menos intente parecerse a eso que dice ser.

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