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Sobraría decirlo pero no sobra.
La firma de los acuerdos entre el Gobierno colombiano y la guerrilla de las Farc no significa la tan anunciada y esperada Paz para Colombia. Tampoco —contrario a lo que muchos quisieran o esperan— al otro día escurrirán generosas fuentes de leche y miel. La firma es solo eso: un acto protocolario entre dos partes que deciden al cabo de largos años silenciar —licenciar— sus fusiles.
Sin embargo, hay quienes aún claman por más guerra. Y para darles un poco la razón —bueno, la razón jamás clamaría por guerras; mejor entonces, para darles gusto— digamos que “las paces” con este grupo guerrillero —y ojalá en un mediano plazo con el Eln— deberán ser punto de partida de una guerra sin cuartel que aún tiene pendiente el Estado colombiano. Pero la que nos espera —la que sí quisiéramos muchos— es una contra unos enemigos quizá no tan tangibles ni aumentadores de ratings y popularidad, si se desea comenzar de veras a transitar hacia una paz duradera en el tiempo.
Porque la historia de Colombia sí que es cíclica. Parece que sobreaguáramos en un remolino eterno. Es cuestión de mirar atrás —quizá revisar periódicos viejos, alguna novela, un añejo discurso político— para notar que términos como pobreza, inequidad, discriminación, desempleo, corrupción… aparecen enseguida. Asuntos estos que sumados a la falta de espacios políticos fueron caldo de cultivo para la expansión y apoyo a los grupos alzados en armas durante sus primeros tiempos. 50 años después de que comenzaran esos grupos (o bueno, también 200 largos después si nos contamos como República) esos términos (¿males?) siguen aquí, enseñoreados entre nosotros.
Colombia —la real, no la que se mide en encuestas o se imagina desde clubes privados— sigue padeciendo pobreza extrema en la mitad de la población, continúan muriéndose pacientes afuera de hospitales, desalojos diarios de deudores que no cumplen la cuota crediticia al banco hipotecario, marchas mensuales de estudiantes que sienten asfixiada la universidad pública, de campesinos que reclaman un subsidio, de transportadores que claman viejos y aplazados compromisos. Cada semana mueren niños por desnutrición en la Guajira, cada vez aparece una agresión a algún defensor de derechos humanos, a algún reclamante de tierras, a algún chico-a que defiende la equidad de género o sus preferencias sexuales.
Creo —y no quiero se me acuse de defensor de la lucha armada, o “castrochavista”, o “comunista”— que mientras no se ataquen aquellos males, podrán acabarse las Farc y los elenos y al mes o al año siguiente, antiguos combatientes cambiarán su nombre, mudarán uniforme, y de nuevo se levantarán en armas. ¿O no vivimos acaso el ejemplo con el Epl que se desmovilizó y luego, sin mucho sonrojo, engrosó las filas de las Auc en el Urabá y Córdoba? ¿Qué son las Aguilas Negras, los Urabeños, los Rastrojos sino integrantes de grupos que hace poco estaban desmovilizándose?
El Estado colombiano tiene una vieja deuda por saldar: empezar una guerra sin tregua contra los males estructurales que padece esta Nación. Solo cuando ella se esté ganando podremos decirnos que tenemos una “segunda (¿primera?) oportunidad sobre esta tierra”.