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Todo cambia para que todo siga igual. Dicen por ahí. También cabría que en Colombia todo cambia para que los de siempre sigan igual.
Aferrados a una teta del Estado que han mamado por los siglos de los siglos, como si fuera uno más de nuestros designios, cada dos o cuatro años cambian los gobiernos, mientras que los ciudadanos asistimos a ese rito con la única certeza de que el nuevo gobierno intentará por todos los medios ser peor que el anterior. Y con la certeza de que quienes gobernarán serán los de siempre que se alternan Alcaldías, institutos, Gobernaciones y Ministerios con ese estribillo tan eufemístico de que “sacrificarán asuntos personales con el único propósito de servirle a la patria”. Eso dicen. Y sin embargo…
Es un año cualquiera, un mes cualquiera y todo parece sobreaguar en este país. Ahí vamos. Y entonces de repente el presidente —póngale el nombre que quiera— anuncia cambios de gobierno o una crisis ministerial: y, vaya sorpresa, aparecen los apellidos de siempre que se han rotado el poder por siempre. Dice el presidente que relevará a un ministro de apellido X y el que llega a ocupar esa cartera es el de apellido Y, que a su vez fuera relevado por X. Hay tantos nombre repetidos en quienes se han rotado los cargos durante los últimos veinticinco años: pongamos por caso unos apellidos: Cárdenas, Lleras, Echeverry, López, Galanes (¿alguien puede decirme más o menos hasta cuándo tenemos que pagar con embajadas y Ministerios la deuda tras la muerte de Luis Carlos Galán? ¿Alguien tiene una fecha cierta?).
En estos días, el rumor poco a poco ha ido filtrándose y terminará por ser cierto: el presidente Juan Manuel Santos prepara un Gabinete para la Paz. Eso se dice. Como también que ya están en ese sonajero nombres como el de Clara López, —candidata derrotada a la Alcaldía de Bogotá— quien llegaría no a nombre del Polo Democrático, partido en oposición, sino por el respaldo dado a la candidatura a la segunda reelección de Santos. Lo mismo hubo de ocurrir con Rafael Pardo, quien se acostó como candidato perdedor a la Alcaldía de Bogotá y despertó nombrado en un Ministerio que aún no nace y que será clave en el futuro cercano de este país. Viejas deudas con los mismos acreedores de siempre. Descendientes de presidentes, sobrinos, sobrinos nietos. Y así. La genealogía del poder en Colombia no supera 20 apellidos.
Claro que algunas veces intentan —intentan— cambiar un poco el libreto y buscan ser creativos y decir que los futuros nombramientos serán tecnócratas: personas que refrescarán con sus conocimientos el entorno político. Entonces, por ejemplo, el nuevo alcalde de Bogotá —aunque no dice que es hijo de un exministro— explica que se rodeará de tecnócratas como él y para su cartera de Gobierno nombra a Miguelito Uribe. Pero basta una pronta retrospectiva familiar para descubrir que el nombrado es nieto de expresidente. Y para más señas, nieto de un exgobernador de Antioquia.
Ahora bien, no se trata de descalificar dirigentes. Sin embargo, una de las causas que siempre se han argumentado para alimentar descontento social —que incluso ha alimentado nuestro conflicto— es la exclusión, la inequidad y el centralismo en el manejo de la Cosa Pública. Como si todo lo de este extenso y pluricultural país se resolviera únicamente desde los clubes del norte de Bogotá.
En tal sentido, si ahora se busca construir una agenda para el posconflicto, valdría la pena que los dirigentes miraran más allá de prosapias familiares, económicas y de ciertas élites capitalinas y voltearan la vista hacia las regiones de Colombia. Si dicha firma no lleva a repensar este país y volverlo más incluyente, esos acuerdos con los grupos armados solo serán la excusa perpetua para que unos pocos —los mismos— sigan manteniendo sus privilegios.