Mi vida en la lectura. La lectura es mi vida.

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Durante un par de mis primeros años el día más importante de la semana fue el martes. Sobre ese día giraban los pensamientos y anhelos anodinos de la niñez, esos que finalmente no son tan anodinos. Ese día se aparecía una tía que, entre algún paquete que llevaba para mis abuelos, siempre acomodaba una revista. Era parte de su rito semanal: compraba para ella una fotonovela y para mí la revista que sabía que yo esperaba y prefería más que una chocolatina o unas galletas.

La revista se llamaba Memín Pinguín (fundada en la década del 40, en México); narraba la historia de Memín, su protagonista, y tres amigos, todos tan distintos: Carlangas, el fuerte, el bravo; Ernestillo, el más pobre y más inteligente; Riquis, cómo no, el chico de clase alta. Esta revista donde su protagonista era un negrito orejón, poco más caricaturesco que sus amigos, sirvió para que yo tuviera las mejores tardes leyendo las aventuras de esos muchachos, quizá identificándome con ellos, y aprendiendo un poco de geografía pues cuando hablaban de algunos lugares luego buscaba cómo enterarme de su ubicación geográfica.

Esa revista que llegaba, con sus páginas e ilustraciones sepias, fue mi primer gran alegría y sus 32 páginas, a falta de más posibilidades de lectura, las releía tres o más veces mientras aparecía el martes el siguiente número. A Memín, con sus aventuras, donde casi siempre “la embarraba” y terminaba castigado por su regordeta mamá, le debo algunos de los momentos más sublimes de mi vida.

El primer libro que leí fue la Biblia. Falto de libros en aquella casa rural, la Biblia me proporcionó momentos de ensueño. En ese entonces no entendía mucho lo que leía: y me causaban sorpresa e inquietud todas esas historias donde, por ejemplo, una serpiente entregaba una jugosa manzana a una desobediente y garosa Eva; o que en una barca, durante cuarenta días y cuarenta noches, sobreaguaran todas las especies del mundo, así apacibles, solo esperando que terminara esa prolongada lluvia para volver todos, tan juntos y tan dóciles, a poblar los recovecos de la naturaleza. Con los años, supe del realismo mágico –del que Gabo fuera protagonista- pero, vaya si no, los escritores de la Biblia ya habían dado sus toques sobre esa forma extraña de narrar situaciones inverosímiles. La Biblia es quizá el libro más importante de mis primeros años. Esa lectura, si bien no encontraba tan divertida, al menos servía para ocupar muchos ratos libres y para que mi abuela se alegrara de la obediencia de seguir a ese, el  Dios que ella adoraba.

Durante los últimos tiempos de niñez mis libros fueron los textos escolares, y entre ellos prefería los de Historia y Geografía. Esas lecturas, alternadas con el manoseo de un extraño mapamundi, ayudaron a abrirme el mundo. Antes de cumplir 10 años recitaba, para gusto y orgullo  de mis cercanos, todos los países del mundo, con sus capitales y sus monedas y hasta algunos de sus ríos y montañas. El asunto era más de hacer memoria, de acumular datos, pero de esta forma fui encariñándome con esos sitios remotos que algún día añoraba conocer, y ello sería clave para que después buscar estudiar “algo” que me permitiera llegar a esos lugares que veía en libros –y también en ocasionales en noticieros de televisión–. Yo era feliz soñando con que en algún momento visitaría esos sitios. La lectura me traía remotos lugares hasta mis manos y me enfebrecía los sueños.

A esas lecturas les siguieron otras que me conducían hacia lo mismo: seguir soñando con un mundo más allá de esas montañas pueblerinas. Primero fue la prensa: la que leía en los descansos entre clase y clase del colegio y, cuando no había jornada, entonces me iba a una estación de gasolina donde su dueño, un hombre muy aficionado al fútbol, compraba “el periódico” para enterarse de las noticias de su Nacional. Yo, de mejor gusto futbolero por supuesto, llegaba para enterarme de los resultados de mi equipo, uno que a veces rompía la costumbre, y de pronto ganaba. Ir detrás de las noticias de ese indiscutido Poderoso Independiente Medellín fue otra de las razones de que me enamorara de la lectura, la cual, de paso, me fue entusiasmando por el deporte.

En los últimos años del bachillerato llegó la literatura. Curiosamente no fue con Gabo o autores locales, sino que en esos años, y yo en esos ambiente bucólicos, terminé leyendo Existencialismo. Debería escribir Existencialismo Germán, como quiera que esas lecturas fueron inducidas por un profesor, Germán Muñoz, que todos los días viajaba desde Medellín hasta mi pueblo a enseñar en las tardes, y llegaba siempre con un libro de Tomas Mann, de Sartre, de Camus, de Holderlin; de Nietszche, entre otros. Y el profe sacaba alguna frase de esas páginas, las escribía en el tablero, y todos debíamos hacer algún comentario sobre la citada frase. Y así, entre opiniones y opiniones, le iba diciendo al profe que me prestara los libros cuando él los terminara o me iba a la biblioteca del colegio a buscarlos. Total, a mis 16 años ya me había leído una veintena de esos libros. ¿Qué aprendí o qué recuerdo de esas existencialidades? Muy poco. La verdad, no eran temas muy digeribles para mi edad; en ese momento quería, más que leer, parecerme a ese profe extraño que daba clases, como sin método, y que terminaría por ser muy influyente en mi vida. Él era un profesor que buscaba generarnos reflexiones más que acumulación de datos y fórmulas sintácticas de escritura. La lectura poco a poco me volvía más reflexivo sobre la existencia humana.

En los años de universidad mi pasión por la lectura siguió aumentando. A los textos “ladrillos” que nos ponían a leer fui robándoles tiempo para otros más divertidos. Siempre fui asiduo de la biblioteca de la Universidad, y allá iba a buscar los textos de los grandes periodistas, en especial de los norteamericanos. El profesor llegaba con alguna crónica, un reportaje o un pasaje del libro para compartirlo en clase, y entonces yo me averiguaba el nombre del libro e iba a buscarlo: así, por ejemplo, leí toda la obra de Truman Capote, varios de Gay Talesse, de Hemingway, la obra periodística de Gabo. En mis tiempos de universitario disfrutaba más leyendo a los grandes autores que en las mismísimas clases. Sin embargo, reconozco que los profes con sus recomendaciones ya habían generado la inquietud por saber más de sus autores. Ya ellos, con su ejemplo, habían hecho la tarea.

Desde que tengo uso de razón y mi profesora Esneda me enseñó a leer, creo que no he pasado más de tres días sin tener un buen texto entre manos. Los libros o las buenas revistas son mi pasatiempo, son mi material de estudio o de trabajo…son…. la esencia de mi vida. A veces en un viaje he preferido empacar un libro que un pantalón o una camisa; y cada tiempo digo que no compraré un libro más, pero basta pasar por el frente de una librería o ir a una Feria para salir con uno o más. También, cuando algún amigo está en algún lugar de viaje le encargo uno (con la promesa –que casi nunca cumplo- de que le pago al entregármelo). Los libros son parte sustantiva de mi vida. Quizá sea capaz de renunciar a muchos placeres mundanos: lo que sí tengo claro es que espero tener una buena visión o alguien cerca que me lea en los años postreros de la vida: si no, no sé qué tanto quiera vivir cuando ya no pueda deleitarme leyendo una historia interesante o divertida. La lectura me ha proporcionado las páginas más alegres de mi existencia.

En estos tiempos de cuarentena, los libros han sido mis principales compañeros. Desde el “encierro” en que ando desde el 15 de marzo, gracias a unos cuantos libros he podido escaparme de las paredes o las fronteras que me atajan: he estado en La Habana, gracias al genial Leonardo Padura, que con ironía y humor negro, y mucha comida y mucha música, me ha mostrado su Cuba del alma; también en Praga, de la mano de Kafka, volviendo a visitar la casa de Gregorio Samsa y descubriendo que, quizá, lo que vivimos estos días es esa gran Metamorfosis social que él añoró a principios del siglo XX; gracias a Homero, me he devuelto en el tiempo y he caminado y navegado al lado del “hermoso Ulises”, en busca de la tejedora Penélope…gracias a algunos cuentos que por estos días afortunadamente circulan entre grupos de amigos, he estado en las pampas y la Buenos Aires de Borges; en la invadida Francia de Guy de Maupassant; en las estepas de México, de Rulfo; en la gris Sao Paulo, de Rubem Fonseca; en la penumbrosa y ruidosa Medellín, de Luis Miguel Rivas. En estos tiempos de pandemias y de incertidumbres, leer a los grandes autores sigue siendo la válvula de escape y la posibilidad de fortalecernos hacia adentro. La literatura es una de las máximas expresiones del arte, de la Humanidad en general.

* Unos días antes de que esto comenzara, y ante una situación personal difícil, ya me lo había alertado la escritora valduparense Angélica Pumarejo: “dedícate al arte: solo el arte nos salva”.  

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