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Si uno quisiera saber un poco cómo es percibido por quienes lo rodean, una buena manera puede ser imaginarse la gente que acudiría a su sepelio; entonces pueda ocurrir que se mejore la autoestima —en caso de que se aparezca en la mente una gran cantidad y calidad de dolientes que vayan a esa postrera despedida; o por el contrario “bajarse de la nube”, si la imaginación no da mejores pistas sobre esas supuestas presencias. Lo real, sin embargo, es que nadie podrá dar fe de si hubo acierto o yerro en la suposición.
En ello pensé al lado del catafalco que rodeaba los despojos de Ramiro Tejada, un excéntrico abogado, teatrero y caminante de Medellín.
Porque cuando uno lo veía por las calles —bueno, de hecho uno nunca cree que un tipo como Tejada se va a morir— jamás imaginaba que dejara una huella tan grande como la vista en la víspera y en sus honras fúnebres. Ramiro era, para empezar, un eterno caminante en esta ciudad y poseía el don de la ubicuidad. Por ejemplo, un martes cualquiera uno podría encontrarlo a las diez de la mañana en una conferencia en el paraninfo de la Universidad de Antioquia; luego almorzando en Versalles su sopa de cebollas, esa que, decía, disfrutaba después de hacer el amor; a las tres de la tarde podría estar leyendo en la biblioteca de La Playa; a las cinco, en una conferencia en la Academia de Historia; a las siete de la noche, pasando por el restaurante El Acontista, invitando a los comensales a una presentación de teatro, donde a lo mejor él sería el protagonista; a las nueve estaba en un coctel en el lobby del teatro Metropolitano, y a lo mejor a las 11 de la noche en El Guanábano, despidiendo la noche con la última cerveza. Ese, a grandes rasgos, era el Ramiro que muchos nos topábamos en Medellín, y uno no entendía de dónde carajos sacaba tanta energía este eterno errante, de estrambótica pinta, con su sombrero de bombín y su paraguas y sus calzones remangados arriba de los talones, que evocaba un poco la figura de Chaplin o de nuestro cronista Tejada —a lo mejor primo último de Ramiro, pues ambos tenían raíces en Barbosa, Antioquia.
Su funeral también fue llamativo: hasta el teatro El Trueque —una vieja casona que dicen se derruirá para levantar un (otro) parqueadero— llegaron saltimbanquis y mimos y payasos y cuenteros y poetas y músicos y más poetas, a conducirlo hasta la parroquia El Sufragio. Las tres cuadras que separan el teatro del templo se llenaron de colores, de música, de proclamas, de sombrillas, de sombreros, incluso carteles de partidos políticos, que eran una forma de rendir tributo al despedido. Luego en la liturgia, donde el sacerdote se maravilló precisamente por esa fiesta, estuvieron de nuevo poetas, dirigentes políticos, gestores culturales, representantes gremiales; el mismísimo rector de Eafit y un magistrado y expresidente del Tribunal de Medellín llegaron hasta el templo para saludar o despedir a Tejada. Una abogada amiga de Ramiro dijo: “Nunca había visto tantos ateos entrar a una iglesia”, y alguien más anotó que si Tejada viera su despedida, se sentiría tan honrado (aunque bueno, él a lo mejor no lo notaría o “se haría el loco”).
Un destacado historiador, viendo la avalancha de personajes que llegaron hasta El Trueque la noche del domingo —lo observó cuando arribó la pianista Teresita Gómez— comentó que jamás se hubiera imaginado que ese hombre que iba por ahí, y que tantas veces nos encontramos en el centro, lograra tanta simpatía. Alguien comentó que el asunto radicaba en que difícilmente podría escribirse la historia de los últimos 40 años del teatro en Medellín y habló del paso de Tejada por La Exfanfarria, Hora 25 y la Oficina Central de los Sueños, y por su reciente lucha desde el teatro El Trueque, el sitio donde ahora estaba en su última función y morada.
También podría decirse que la razón de tanta e interesante compañía se debía a su formación como abogado. Tejada estudió Derecho en la Universidad de Medellín y lo expulsaron por hacer parte de luchas estudiantiles y terminó en la Universidad de Antioquia, y tan pronto se graduó se dedicó a la defensa de los DD. HH., y hasta le alcanzó para ser candidato a la Alcaldía en una campaña que promovía el Ocio —imagínense, en esta ciudad de la productividad—. Pero digamos que su impronta estuvo más allá de estrados y sentencias judiciales.
La simpatía o la empatía que lograba Tejada —era más que por sus esfuerzos por no dejar morir el teatro en Medellín— en el centro de Medellín. Su empatía con la gente la conseguía a punta de transparencia. Su misma presencia física, con su cabello desordenado, su barba mal afeitada, era una forma de rebeldía y de irreverencia. Y también su tono de voz, a veces fuerte —costumbre de sus años en las tablas—, con la que a veces retumbaba en los bares o en los conciertos o en las conferencias donde estuviera. Porque además de ser un eterno errante por la ciudad, un teatrero consumado, un abogado jugado por causas sociales, Tejada será recordado por sus impertinencias a veces demasiado impertinentes. De pronto con su vozarrón interrumpía un acto cívico o académico; una reunión con él era casi imposible pues hacía ironías, juegos de palabras, declamaba, a destiempo. Sin embargo, nunca vi a nadie regañándolo o haciéndole caer en cuenta de sus picardías: ya era parte del paisaje, del no protocolo. Quienes lo conocíamos sabíamos que donde él estuviera el asunto no avanzaría tanto, pero a él no se le podía pedir más. Nunca esperábamos más de él. Él era así y así lo queríamos. Pero eso como que no lo supimos hasta ese domingo en que nos enteramos de su muerte.
A Tejada lo vi la última vez un sábado en un bar del parque de Bolívar. “Muy buena su columna sobre los venezolanos”, me felicitó y salió manoteando. “Recordá que sos de los Tejadas de mi pueblo”, le dije como por decirle algo en su repentina salida del sitio. Jamás pensé que cuando se perdió por la acera oriental del parque no iba a volver a verlo caminar esta ciudad. Tejada fue a morirse quizá en un acto de rebeldía porque la sede del teatro será demolida y eso lo mortificaba los últimos días, a lo mejor eso aceleró su enfermedad de la que muchos no sabíamos.
Tejada se nos fue y deja un vacío que difícilmente llenaremos. No por sus grandes aportes al teatro —que los tuvo— ni por sus fallos y sentencias como abogado, que a lo mejor no. Hará falta porque era un hombre tranquilo aunque rebelde; o rebelde aunque tranquilo; amable, noble, diáfano, y eso es mucho decir en esta ciudad —esta sociedad— de fachadas y de posturas “políticamente correctas”.
Se nos fue Tejada y una forma de que siga con nosotros, con sus luchas y su figura, sería que las autoridades de la ciudad, la empresa privada, las universidades… no sé quién más, se unieran y juntaran esfuerzos para comprar esa casa y no dejarla derrumbar; y que siguiera allí su teatro, que siguiera el espectáculo, y ojalá llevara el nombre de este célebre y amable y quijote personaje.
Esta ciudad necesita más teatros y menos parqueaderos. Menos carros y más tejadas caminando… por ahí.