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Toman todo; nadie pone

Guillermo Zuluaga
29 de agosto de 2015 – 12:17 a. m.

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LA PERINOLA, O PIRINOLA, COMO ES COMÚN ENTRE LA GENTE, PODRÍA AYUDAR a graficar y a Entender la situación que vive nuestra Nación.

En este sencillo juego, los contrincantes deciden el valor de la apuesta y echan a girar un trompo hexágono en cuyas caras lleva inscrita una frase que determina su suerte y la de sus pares: pon uno, pon dos, ponen todos; toma uno, toma dos, toma todo. Cuando se echa a voltear el trompo, siempre se tiene la ilusión de que salga toma todo, pues de esta forma se lleva el monto total que esté sobre la mesa. Un toma dos, alegra; un toma uno, es un premio de consolación. Al contrario, se ruega que no salga Pon dos, pues habrá que duplicar el valor apostado. Mientras gira el trompo, por la cabeza de cada uno ronda el anhelo de lo que se hará con el supuesto valor ganado al final del juego.

La pirinola normalmente se juega entre amigos y con monedas de escaso valor. Por ello, es muy común que cuando alguien tenga que “poner”, diga: “ve, no tengo; debo a la mesa el valor y enseguida cancelo”. Y hay gestos de aprobación de los demás apostadores un poco a regañadientes. Pero el juego continúa. Nadie desea retirarse por no tener al momento dos monedas, cuando lo que hay sobre la mesa ya es un montoncito atractivo. Se piensa en un futuro próximo donde la suerte esté de nuestro lado. Toma todo.

La sociedad colombiana hace rato viene jugando a la pirinola. Todos tenemos en mente lo que queremos lograr: un todo, un país donde se pueda vivir bien, con un techo y una salud garantizada, transitar libremente y sin temores, un vecindario en armonía. El país más feliz del mundo, del que hablan las agencias publicitarias cada tiempo. Todos —por menos lo decimos— añoramos el bienestar. Todos quisiéramos, al final de la partida, salir con rostros felices. Pero en el fondo, por un extraño sentimiento que llevamos en los genes, deseamos es que el trompito nos dé la felicidad del Toma todo. Pero para nosotros. De poder acariciar con nuestras manos y apretar todo el valor apostado. No nos da tanta tristeza ver el rostro contraído de los demás apostadores.

Toma uno, toma dos, toma todo. Ahí están depositados nuestros anhelos. (Algunos políticos y empresarios se toman a pecho aquello de querer quedarse con todos los recursos públicos).

No de poner. Poner no, por supuesto. Nos duele esa una o esas dos monedas que a veces la suerte nos pide que aportemos. Anhelamos un país amable, vivible, pero a la hora de aportar, de pagar unos impuestos, de asumir unas responsabilidades, evadimos. Que sean los otros, los del frente, los de al lado, los que paguen. Yo digo que le debo a la mesa y que más luego…

Desde hace unos 30 años, Colombia ha invitado a la mesa a extraños y molestos jugadores, pues ha venido acariciando su sueño: una paz para la mayoría, al final de la partida; y en esa búsqueda ha intentado algunos procesos de negociación con los grupos alzados en armas. Y hay quienes dicen que en esa lucha no solo hay que pensar en los grupos, sino que toda la sociedad tiene que “poner” algo. Y entonces viene el nudo. Pensemos solo en lo visto en los meses recientes: el Ejecutivo habla de una ley para el equilibrio de poderes —que mengüe un poco esa vergüenza nacional del tráfico de influencias entre magistrados y altas cortes— y entonces el fiscal todopoderoso y las cortes buscan impugnar para no ceder un poco sus privilegios. Se habla de mermarle poder al procurador y entonces él echa a arder en las hogueras a todo el que no esté de acuerdo con sus encíclicas. Propone el Gobierno —y eso es solo un borrador— una idea de un Congresito que avale acuerdos con las Farc, y salen los congresistas airados a recordarle —chantajearle— al presidente quiénes lo eligieron. “Qué tal si nosotros le nombráramos un gabinetico”. Se les pide a los terratenientes que —acogidos a la ley— devuelvan predios arrebatados a los campesinos, y entonces argumentan y contraargumentan, y hasta incendian predios para no devolverlos. Y así. Nadie quiere poner algo: desprenderse de una monedita. Ah, muchos incluso abogan por más plomo contra los alzados en armas, pero estoy seguro de que no quieren “poner” a sus hijos de carne de cañón en las trincheras.

Pon Uno.

—Paso. Ahora pago.

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