Ya el narcotráfico nos abrasó; ahora abracémonos en nuestra Historia

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

Fui. Sentí. Discutí. Me conmoví. Luchando un poco contra mis prejuicios, el viernes 22 de febrero asistí a la implosión del Mónaco, con lo que se rendiría homenaje a las víctimas del narcotráfico, como decía la invitación.

El acto tuvo mucho de simbólico, comenzando por el sitio, el mismísimo Club Campestre, ese donde tres décadas largas atrás se le prohibiera el ingreso al todopoderoso capo, Pablo Escobar, quien, quizá por ello, construyó al frente su “Mónaco”, como una forma de refregarles en la cara, como decimos en Antioquia, sus dólares a los ricos antioqueños, que le negaron su membresía.

Minutos antes del cénit, el edificio aquel que se asomaba detrás de un par de moles de concreto y vidrio implosionó. En menos de tres segundos se desgonzó sobre sí mismo y sólo quedó como testigo una humareda que se propagó por cinco o seis manzanas y el aplauso de muchos asistentes, que en una suerte de palco asistían en primerísima fila.

No estuve ni estaré de acuerdo con el derrumbamiento y menos con el espectáculo que montó el alcalde que, dados los invitados y los discursos y las atenciones, más parecía, lo que se decía a hurtadillas, el lanzamiento de su candidatura presidencial.

Traté de abstraerme del asunto de la implosión y olvidarme del show –un poco social, un poco farandulezco– que armó la Alcaldía. Y entonces, delante y sobre mis sentidos, comenzaron a aparecer testimonios de las víctimas, cifras, recuerdos. Escuché de miedos, pero también de perdones y esperanzas. Sumado a las músicas de aquí y de allá, discursos y proclamas, tengo que admitir que terminé un tanto conmovido.

Caminé luego entre los cientos de invitados –que iban desde el alcalde de Palermo, Italia, pasando por los hijos del inmolado Galán y la viuda de Valdemar Franklin, hasta los chicos de un colegio que llegaron con su uniforme–. Seguí escuchando voces de algunos familiares de víctimas, de colegas periodistas curtidos en aquellos cubrimientos de carro-bombas y secuestros, y pensaba en los retos que tiene esta ciudad, capital y símbolo de una región que tristemente fue epicentro del narcotráfico.

Ya no está el Mónaco aunque estos días es noticia como nunca lo había sido. Ya no se hablará del Mónaco, sino del sitio donde quedaba el Mónaco, por lo que sigo creyendo que su derribamiento no tiene sentido.

Pero, como se dice por ahí, a veces los árboles no dejan ver el bosque. Y esa noticia del derrumbamiento no había dejado ver, o por lo menos poner más la atención en, el proyecto “Medellín abraza su Historia”. Quizá el alcalde en su afán de protagonismo, o quizá también por el morbo que despierta ese sitio, le diera mucho relieve a la implosión de una mole cuando lo verdaderamente importante para esta ciudad, para este país, es el proyecto en general que, con participación de la Alcaldía y un puñado de empresas del sector privado, mediante el involucramiento de obras de infraestructura, las artes y la palabra, ha venido trabajando para construir memoria y reflexión sobre aquel momento aciago.

Medellín, como lo dijo el alcalde, ha avanzado en obras y servicios y llegó la hora de apostarle a una cultura que involucre un replanteamiento de nuestros valores: “De las fachadas hacia afuera el cambio ha sido increíble (…) Pero de las fachadas hacia adentro queda mucho por hacer. El cambio estético debe ir acompañado de un cambio ético”.

Quizá quepa una metáfora para sintetizar el asunto: la ciudad es una “tacita de plata”, y nos hemos esmerado por mostrarla tan “tacita”; pero ha llegado el momento de pensar más en su contenido.

Si bien el proyecto tiene su eje en torno a las víctimas, considero que, si se quiere lograr ese “cambio ético”, debe empezar por evaluar cuáles fueron las causas que originaron el afianzamiento del narcotráfico. ¿Cuál o cuáles son las motivaciones de los habitantes de esta región? ¿Qué es lo que verdaderamente nos importa? ¿En qué momento el concepto de valor se tornó o se trastocó en precio?

Despejar esas dudas puede mostrarnos caminos y garantizar no repeticiones. En una anterior columna recordaba a Primo Levy, escritor italiano que vivió la pesadilla de Auschwitz: “Ha sucedido y, por consiguiente, puede volver a suceder; las conciencias pueden ser seducidas y obnubiladas de nuevo”.

Durante estos días se ha hablado mucho de otros espacios ligados al narcotráfico que, como el Mónaco, deberían correr similar suerte como Montecasino, donde los Castaño cometieron tantos delitos, o la Hacienda Nápoles… en fin. Sin embargo, como lo he dicho antes, lo peor del narcotráfico no son los objetos y edificaciones suntuosos, sino “los mónacos” que quedaron instalados en el imaginario: considerar que todo tiene un precio. Ese “ideario traqueto” será más difícil de demoler que las estructuras físicas, que como se vio este viernes es cuestión de tres segundos. Cambiar una mentalidad es un ejercicio que puede demorar tres generaciones, quizá ese sea el gran reto de este proyecto.

Hay algo interesante, y es el involucramiento de entidades y empresas del sector privado, lo cual garantiza que el cambio de gobierno no eche al traste esta apuesta. Medellín abraza su Historia tiene la misión –ojalá la logre– de ayudar a construir otra Historia –quizá sea más adecuado hablar de otra cultura– a partir de la reflexión –sin temor a mirarnos las cicatrices o los pliegues en la piel–. Necesitamos una mirada descarnada y total de lo que hemos sido, ya no con el afán de seguirnos maltratando sino de construir nuevos escenarios basados en el respeto, la tolerancia y donde la vida esté por encima de todo.

Y si bien el proyecto se ve sólido y con un norte claro, valdría la pena que se le sumara más academia. Sería importante convocar, entre otras, a las facultades de Sociología, de Historia, de Periodismo, la Academia Antioqueña de Historia misma, pues este no es un fenómeno coyuntural sino estructural, y desde ahí habría que enfocarlo.

Medellín abraza su Historia; esperemos que esta gran apuesta no se abrase en el rescoldo de las buenas intenciones. Esperemos, por el bien de esta ciudad y de esta sociedad, que así sea.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido