El contagio de la esperanza

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Tal vez la palabra “contagio” ha sido la más pronunciada –y la más temida– durante estos días de emergencia sanitaria provocada por el Coronavirus. El mundo se paralizó con la propagación de este brote infeccioso que causa terror a las 7.700 millones de personas que habitan el planeta. Es increíble que un agente microscópico como el virus que hoy camina por todas partes y que nadie ve, sea capaz de frenar el desarrollo de las naciones y llenar de pánico a sus habitantes.

Nadie está exento de sucumbir bajo el poder de este misterioso personaje de todos los tiempos que irrumpe cuando menos se espera y produce miedo, muerte y lágrimas. Se aleja por épocas para volver al cabo de los años con mayor ímpetu. Otras veces desaparece para siempre, o quizás no: solo cambia de fisonomía y de nombre y llega con otros venenos que desconciertan a los científicos. Mientras se fabrica la nueva vacuna, quedarán por todas partes regueros de muertos y miseria.

Hoy el mayor reto de la ciencia está en descubrir el antídoto contra este mal diabólico que ataca a todos y se ríe de la humanidad. Las pestes son parte de la naturaleza humana y le enseñan al hombre a mantener el equilibrio, practicar el bien, no abusar del poder y la riqueza, no maltratar a los humildes y cuidar el planeta. Recuerda que todo es quebradizo y nada es eterno, comenzando por el mismo hombre.

Las epidemias son un regulador de la vida, una balanza del bien y del mal. Los filósofos y los escritores de todas las épocas han dejado obras y reflexiones trascendentes, y de ellas nos acordamos cuando surge una nueva tempestad. Hace un siglo –octubre de 1918–, Laureano Gómez narraba los horrores de una epidemia de gripa que tenía paralizada (como hoy) a Bogotá, decía:

…las oficinas están casi todas cerradas; los colegios lo mismo, se han suspendido los exámenes en las facultades; se han ordenado cerrar teatros y cines y por las calles no se encuentra un alma de noche (…). El pánico ha ido creciendo. Los entierros pasan continuamente. El problema se ha agravado porque los sepultureros unos están enfermos, otros se han muerto en el oficio (…) hay momentos en que más de cien cadáveres esperan regados en los corredores de las bóvedas a que los pongan bajo la tierra.

¿No es ese el mismo cuadro apocalíptico, e incluso peor, que se vive hoy? En ese entonces una gripa causaba la muerte a gran escala; ahora, una neumonía hace lo mismo y se le da el nombre de Covid-19. Bajo la perturbación actual se repiten unas cuantas palabras que pintan lo que está sucediendo: cuarentena, encierro, expansión del virus, caída de la producción, los más vulnerables, aplanar la curva, crisis, hambre, angustia, infectados, fallecidos… La historia de siempre.

El apa Francisco recorrió la plaza desierta del Vaticano antes de dar la bendición Urbi et Orbi. Nunca se había visto esa plaza monumental llena de semejante soledad. Esa es la imagen del mundo. Oró por los enfermos, los pobres, los médicos y enfermeras, las familias que lloran, pidió que cese la guerra entre las naciones, que no se fabriquen y vendan más armas, que se superen el odio, la indiferencia y el egoísmo. Después del contagio del virus debe venir el contagio de la esperanza. Eso es lo que necesitamos: un mundo nuevo.

escritor@gustavopaezescobar.com

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