Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
En 1975, siendo alcalde de Armenia Alberto Gómez Mejía, invitó al botánico Jesús Idrovo a dictar una conferencia sobre ecología.
Animado con la conversación privada que tuvo con el conferencista, Gómez Mejía creó en 1979 el Jardín Botánico del Quindío, y diez años después recaudaba los recursos para comprar en Calarcá el terreno que desde entonces funciona como sede del jardín.
Iniciados los trabajos en 1990 –con los diseños estructurales de la construcción donados por el arquitecto Simón Vélez–, la entidad se abrió al público en diciembre del 2000. Esto pone en evidencia que al frente del jardín existía una voluntad dinámica y perseverante que nunca se ha arredrado ante las dificultades y ha tocado en cuanta puerta ha sido necesaria para sacar adelante los programas. La tarea no ha resultado fácil, pero los resultados están a la vista de todo el país.
Con ese mismo talante se desempeñó en los dos períodos en que fue alcalde de su ciudad. Hubiera podido cumplir una brillante carrera en la vida pública o en la rama judicial, pero renunció a ellas para vincularse al campo de la ecología.
César Hoyos Salazar, que al igual que él fue alcalde de Armenia con magnífico desempeño, y que años después ocupó la presidencia del Consejo de Estado, me cuenta que en el 2003 sugirió al Consejo Superior de la Judicatura el nombre de Gómez Mejía para consejero de Estado. Indago al ecologista sobre este hecho, y él me comenta: “Al averiguar que tendría que retirarme del Jardín Botánico del Quindío y de la Red Nacional de Jardines Botánicos, decliné mi aspiración. Nunca llegué a ser tan importante, pero en cambio tengo fortalecida mi alma”.
Sobre esto de la importancia, cabe destacar que su liderazgo se ha mantenido durante largo tiempo y con nota excelente en el área de la ecología, tanto en la comarca quindiana como a escala nacional. Desde 1996 preside la Red Nacional de Jardines Botánicos, que realiza ponderada labor con 20 sedes situadas en las diferentes regiones del país.
Para ampliar sus conocimientos iniciales, visitó jardines botánicos por todo el mundo. Cuando trabajaba en Bogotá, leyó en 1990 un libro de la científica británica Miriam Rothschild titulado El jardinero de mariposas, el que explica la técnica para hacer un mariposario. Fascinado con la obra, viajó a Londres para conocer a la autora y recibir de ella lecciones sobre esta materia que lo apasionaba. Más clara y decidida no puede ser su vocación ecológica.
Así nació el mariposario de Calarcá, convertido en el mayor encanto del jardín. Allí se albergan más de 1.500 mariposas en una extensión de 680 m2., las que hacen parte de más de 50 especies nativas diferentes. Quien visita el sitio disfruta de las delicias de un edén tropical cruzado por senderos naturales y lleno de riachuelos, puentes, palmas, helechos, heliconias y plantas diversas. Durante el recorrido estará acompañado por las mariposas, que parecen brotar de un sueño fantástico.
Para rematar la excursión efectuada en días pasados por este asombroso santuario de la naturaleza, viene de perlas el siguiente poema del escritor portorriqueño Andrés Díaz Marrero: De bellos colores, / sus alas pintadas, / se posa en las flores / con leve pisada. / Perfuma su aliento / besando una rosa, / se mece en el viento, / ¡frágil mariposa!
escritor@gustavopaezescobar.com