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Quizá por haber nacido en una sociedad muy católica y, al mismo tiempo, en plena revolución sexual, toda la vida me han intrigado las absurdas restricciones sexuales impuestas por la religión y también ciertas innovaciones y extremos introducidos, como reacción, tanto por algunos libertinos (su paradigma es el marqués de Sade) como por los muy saludables, en general, movimientos de liberación sexual del siglo XX. Mi desconcierto más grande, un desagrado del que sé que ya nunca me voy a liberar, es la mezcla de sexo y violencia. No sé si por gazmoñería o por un auténtico fastidio personal, en mi mente y en mi experiencia el placer y el dolor son sensaciones antagónicas que nunca se me ha ocurrido conciliar.
No me voy a empantanar aquí en disquisiciones sobre algo que no me agrada ni siquiera pensar (el sadomasoquismo), pero sí me gustaría señalar un par de extremos de los que he tenido conocimiento —inocente que es uno de las cosas de la vida— tan solo recientemente. Es curioso venir a enterarse de algo así a estas alturas, pero es agradable sentir el mismo estupor que sentí en la adolescencia cuando supe que algunos curas e incluso compañeros del colegio usaban algo cuya existencia (como palabra y como cosa) yo desconocía completamente: el cilicio. Para mí, saber que había gente que se amarraba muslo arriba unas cuerdas o cadenas con púas que les producían sangrado y dolor (como mortificación por los pecados de la carne cometidos o como precaución para no cometerlos) era algo que me producía una extraña mezcla de estupefacción y repugnancia. El mismo asombro juvenil que sentía al descubrir algún dato nuevo (por ejemplo, que si me caigo de una gran altura nunca voy a superar los 198 km/h) y la misma repugnancia que sentía al enterarme de que hay gente que practica la coprofagia.
Hace poco supe de la existencia, en algunas ramas extremas del islamismo, de una práctica que quizá no todos ustedes conozcan, el taqaandan. Esta palabra es una onomatopeya e intenta imitar el sonido del pene erecto cuando se fractura. El pene, aunque no tenga hueso, se puede fracturar, bien sea durante una relación sexual muy fogosa o adrede. El taqaandan es una fractura intencional del pene y la practican algunos varones devotos para interrumpir con dolor un deseo inoportuno por el lugar o por la situación. En la mezquita o en los períodos en que la religión prescribe la abstinencia sexual, verbigracia durante las horas diurnas del Ramadán. Aunque esta no sea una práctica corriente, en los hospitales iraníes se registran cientos de casos al año de fracturas de pene (con consecuencias graves) debidas a la absurda práctica de quebrarse el palo o taqaandan.
Pero si enterarme del taqaandan me causó un asombro tardío similar al pasmo temprano que me produjo el cilicio (incredulidad y repudio ante estos extremos de represión sexual), también recientemente leí algo situado al otro lado del espectro que me generó, tarde en la vida, la misma molestia que sentí al leer a Sade en la juventud. La doctora Debby Herbenick, una estudiosa del comportamiento sexual de los norteamericanos, viene publicando alarmantes resultados de investigaciones suyas sobre las prácticas sexuales de los jóvenes gringos en los primeros años de universidad. Lo que era un delirio literario o cinematográfico se está normalizando en las páginas porno y en la realidad. Entre los estudiantes de ambos sexos de primero y segundo año se ha vuelto corriente una práctica peligrosa llamada choking o asfixia sexual. Apretar el cuello (casi siempre de la mujer) durante la relación reduce la oxigenación del cerebro y esto, aunque dé una euforia momentánea, tiene siempre consecuencias neurológicas negativas. Y la práctica se está extendiendo en Estados Unidos. Una educación sexual libre y placentera, imaginativa y rica, pero que excluya el daño físico, sigue siendo una necesidad en el ambiente religioso represivo y en el falsamente liberado.